martes, 9 de junio de 2026

Psicología antenatal

 Psicología antenatal

Muchos investigadores, así como psiquiatras y psicólogos en ejercicio, se enfrentan a hechos que demuestran la existencia en la memoria humana de recuerdos sobre el período intrauterino y el nacimiento biológico. En muchos países del mundo, científicos de distintas especialidades —principalmente obstetras, psiquiatras y psicólogos— intentan reunir hechos que expliquen este fenómeno y penetrar en los misterios de la vida psíquica del feto.

Al tratar de establecer «contacto» con el feto, los investigadores estudiaron sus reacciones motoras y su ritmo cardíaco. Mediante el análisis de los latidos cardíacos lograron determinar la dinámica del ritmo circadiano del feto y sus respuestas a los sonidos. También se identificaron otras capacidades sensoriales del feto, por ejemplo, su capacidad para distinguir sabores y reaccionar a estímulos en la piel. Así, en los últimos años los científicos han obtenido una serie de datos fácticos sobre la actividad psíquica del feto, aunque tales descubrimientos ya eran conocidos en la antigüedad. Por ejemplo, en el antiguo Egipto, Grecia, China, India y en la Rus’ se consideraba que el feto humano poseía los primeros indicios de psique desde los primeros días del embarazo.

Los descubrimientos modernos en el campo de la psicología fetal permitieron que investigadores de varios países líderes se unieran ya en la década de 1970 en «Asociaciones Nacionales de Educación Prenatal» (se denomina prenatal al período comprendido entre la concepción y el nacimiento). El objetivo principal de estas organizaciones sociales es proporcionar las condiciones y los medios adecuados que garanticen la formación y el desarrollo del ser humano. Esta idea tuvo cierta resonancia social y permitió el surgimiento de una rama independiente de la ciencia: la psicología antenatal. Se denomina antenatal al período de vida del feto intrauterino, desde la concepción hasta el momento del parto.

Así, la psicología antenatal estudia el desarrollo del cerebro, la sensibilidad sensorial, los procesos de percepción, la memoria y otros fenómenos psíquicos durante este período de la vida del niño.

Memoria celular

En la base de la memoria fetal se encuentra la memoria celular del organismo biológico. Este fenómeno fue descubierto y descrito a partir de investigaciones fundamentales dedicadas al genoma ondulatorio. Estas investigaciones fueron iniciadas por A.G. Gurvich y A.A. Liubitshev, y actualmente las desarrollan Dzian-Kanjien y la escuela del académico Kaznachéev. El mecanismo de la memoria celular está descrito con bastante detalle en la monografía de P.P. Garyaev El genoma ondulatorio [Moscú, 1994].

El fenómeno de la memoria celular consiste en que las células conservan la memoria de los acontecimientos ocurridos en el organismo. El portador principal de la memoria en la célula viva es el material genético contenido en el núcleo, concretamente la molécula de ADN. Cualquier información que se repite regularmente o que es importante para el organismo se conserva en la célula durante bastante tiempo (en experimentos, de 1 a 3 meses); pero si la exposición fue prolongada e involucró no solo una, sino cientos de células, dicha memoria se conserva durante años. Las células embrionarias se distinguen de las células maduras del organismo adulto por una capacidad de memoria extraordinariamente grande, lo que les permite registrar y conservar indefinidamente la información sobre todos los acontecimientos que les llegan.

Una de las pruebas de la existencia de la memoria colectiva de las células son las investigaciones del conocido psiquiatra estadounidense Stanislav Grof, en las que analiza la importancia de los traumatismos físicos y las vivencias relacionadas con situaciones de peligro vital —enfermedad, operación, ahogamiento, etc.— en la vida del individuo y su papel en el desarrollo de diversas psicopatologías. Según sus investigaciones, «las emociones residuales y las sensaciones corporales surgidas ante una amenaza a la vida o a la integridad del organismo desempeñan un papel significativo en el desarrollo de diversas formas de psicopatología», ya que la memoria de estos eventos permanece a nivel celular e influye en el desarrollo y funcionamiento del organismo. Afortunadamente, en la memoria celular no solo se conservan impactos negativos, sino también positivos. Al conocer este hecho, se entiende por qué es tan importante que el registro en las células embrionarias sea lo más favorable posible.

El fenómeno de la memoria celular explica la posibilidad de conservar recuerdos del período más temprano del desarrollo embrionario humano, desde el mismo momento de la fecundación.

Actividad fetal

Una idea de la capacidad del organismo en desarrollo para realizar actividades complejas puede obtenerse al estudiar su actividad funcional. La actividad del feto intrauterino puede expresarse en procesos como el funcionamiento del corazón, la actividad motora y el ritmo de sueño y vigilia.

Funcionamiento del corazón

El primer movimiento rítmico del embrión humano es la contracción del corazón, que aparece en la tercera semana (día 18–23) del desarrollo intrauterino; hasta la quinta semana de gestación, el cuerpo del embrión permanece inmóvil. El corazón representa la primera estructura que comienza a funcionar como órgano rítmicamente contráctil.

Actividad motora

El embrión comienza a realizar movimientos aislados entre la sexta y octava semana. Hacia la semana 16, los movimientos del feto se vuelven coordinados y ya pueden percibirse por la madre. A veces, las mujeres multíparas sienten los movimientos fetales ya entre la semana 10 y 12. Las primíparas, en cambio, los perciben entre la semana 19 y 20, como fuertes palpitaciones. A la semana 20, según diversos datos, el feto realiza aproximadamente 200 movimientos diarios. El número máximo de movimientos (alrededor de 600) ocurre entre las semanas 28 y 32, ya que el volumen uterino y el líquido amniótico le permiten moverse con relativa libertad. Posteriormente, su actividad disminuye gradualmente debido al crecimiento fetal y a la reducción del espacio libre en el útero.

Además de los movimientos de brazos, piernas y cabeza, el feto realiza movimientos respiratorios de distintos tipos, incluyendo «hipos», que la embarazada puede percibir como pulsaciones frecuentes. Las investigaciones muestran que la embarazada percibe el 90 % de los movimientos fetales registrados por equipos diagnósticos.

La actividad motora del feto refleja su bienestar; por ello, el recuento de sus movimientos constituye un método simple y fiable para evaluar su estado. Existe la prueba de movimientos fetales de D. Pearson «Cuenta hasta 10». En una ficha especial, a partir de la semana 28, la embarazada registra diariamente el número de movimientos. El conteo comienza a las 9 de la mañana, y solo se anota cada décimo movimiento, marcando con una cruz la hora en la ficha.

Se ha establecido que menos de 10 movimientos en 12 horas constituyen una señal de alarma para el feto y requieren atención médica inmediata. Movimientos débiles e inactivos también indican malestar fetal.

Ritmos de sueño y vigilia

El feto posee su propio ritmo de actividad circadiana. Sus períodos de actividad alternan con períodos de sueño que suman entre 16 y 20 horas diarias. El electroencefalograma cerebral fetal permitió determinar que su sueño tiene dos fases, características del sueño en adultos: sueño REM (de movimientos oculares rápidos) y sueño no REM (lento). Es interesante que, en el feto, el sueño REM representa más del 50 % del tiempo total, mientras que en el adulto apenas alcanza el 20 %.

El feto duerme la mayor parte del día. Su actividad motora está estrechamente vinculada a las fases lunares. En un feto sano, la actividad motora suele aumentar en las horas nocturnas, especialmente entre las 21:00 y la 1:00. Curiosamente, esta ritmicidad del sueño y la vigilia la conserva durante algún tiempo tras el nacimiento. Para determinar cuánto tiempo persisten estos ritmos intrauterinos, los investigadores propusieron a las embarazadas llevar un diario de la actividad fetal diaria. Las madres que mantuvieron dicho diario durante el embarazo señalaron que les resultó fácil adaptarse al bebé tras su nacimiento, pues ya sabían cuándo dormiría y cuándo estaría despierto. Esto les permitió organizar mejor su tiempo y obtuvieron ventajas prácticas significativas.

Desarrollo de los órganos sensoriales y formación de la experiencia sensorial del feto

Durante un embarazo favorable, la existencia intrauterina del feto puede denominarse con seguridad un período de vida plácida. Las sensaciones del feto pueden caracterizarse como plena satisfacción, seguridad y comodidad, ausencia de límites y obstáculos. A partir del tercer mes de desarrollo intrauterino comienzan a funcionar los analizadores del feto. Al momento del nacimiento, el feto posee una audición plenamente desarrollada, visión, sensaciones gustativas maduras, olfato muy sensible y aguda sensibilidad táctil. La experiencia sensorial del feto, que se forma gracias al trabajo de sus analizadores, favorece su adaptación al nuevo entorno tras el nacimiento.

Audición

Actualmente no se conoce con certeza desde qué semana el feto es capaz de percibir sonidos. Según investigadores franceses, las primeras sensaciones «auditivas» del feto son vibratorias. En esta etapa, percibe todas las oscilaciones acústicas como vibraciones, lo que le crea una imagen de un mundo pulsante. Hasta la semana 16 de desarrollo intrauterino se forma el oído interno (órgano de la audición), que comienza a funcionar aproximadamente a partir de la semana 20. Desde entonces, las ondas sonoras que le llegan comienzan gradualmente a provocar sensaciones auditivas propiamente dichas. En otras palabras, el mundo circundante, percibido por el feto como una pulsación universal, empieza paulatinamente a descomponerse en sonidos individuales. Los primeros en destacarse son los ruidos internos generados por el organismo materno: latidos del corazón, voz, ruidos pulmonares, peristaltismo intestinal y actividad gástrica. Entre ellos, los más intensos son los latidos cardíacos y la voz de la madre. Esto se demostró mediante un micrófono miniatura introducido en la cavidad uterina durante el parto.

Condiciones acústicas en el útero

Según distintos autores, el ruido de fondo en el útero —generado por la actividad muscular materna, su flujo sanguíneo, el flujo placentario, las contracciones intestinales, los ruidos cardíacos y pulmonares, la voz periódica y los sonidos externos— alcanza los 95 dB [Arabin et al., 1989; Gagnon, 1989]. Este dato se obtuvo introduciendo un micrófono en el útero de mujeres embarazadas a través de los órganos genitales externos poco antes del parto. La atenuación de los sonidos externos que llegan al feto es de aproximadamente 40 dB [Querleu et al., 1988]. Por tanto, el feto puede oír sonidos externos cuya intensidad se acerque a los 135 dB.

Los sonidos externos de 65–70 dB (voz conversacional normal) penetran en el útero en forma debilitada y distorsionada (rara vez superan los 30 dB) debido al ruido de fondo y al medio acuoso. La mayor intensidad la posee el tono de la voz materna, transmitido a la cavidad uterina, lo cual se explica por su transmisión directa a través de los tejidos (vía de conducción ósea).

Percepción de los ruidos internos

Actualmente se considera demostrada la capacidad del recién nacido para reconocer la voz de su madre, que escuchó ya en el útero. Dos científicos estadounidenses realizaron un experimento impresionante con un grupo de mujeres embarazadas que, seis semanas antes del parto previsto, leían en voz alta dos veces al día el cuento El gato en el sombrero, dedicando en total unas 5 horas a esta lectura. A los tres días del nacimiento, a sus hijos se les colocaron auriculares y una tetina-conector vinculada a un dispositivo que cambiaba la narración según el tipo de succión. Mediante movimientos de succión de distinta frecuencia, los bebés podían elegir entre escuchar la voz de su madre o la de otra mujer leyendo el mismo cuento. Los niños preferían succionar con la frecuencia que les permitía oír la voz materna. Y cuando podían elegir entre ese cuento y otro leído también por su madre, seleccionaban el que habían escuchado durante los últimos meses del embarazo: El gato en el sombrero. De este experimento se concluyó que el niño reconoce la voz materna ya en el útero y puede distinguir diferentes relatos, posiblemente gracias a sus ritmos distintos. Así, puede suponerse que en el feto ya funciona la memoria auditiva.

Entre el sexto y séptimo mes de vida intrauterina, el feto no solo oye, sino que diferencia bien los sonidos internos. Además, para él no es indiferente si el corazón de la madre late con ansiedad o calma, si su voz suena triste o alegre, si respira con regularidad o de forma entrecortada y tensa. Si la madre se angustia, su corazón late con inquietud, su ritmo respiratorio se altera y el bebé se queda quieto, como presintiendo peligro. Efectivamente, poco después esa amenaza se vuelve real: al feto le llegan hormonas correspondientes a las emociones negativas maternas, que empeoran su estado. Esta conexión —entre el carácter del sonido y el estado emocional y fisiológico correspondiente— se fija y permanece en su memoria. A partir de entonces es posible registrar la reacción del feto ante estímulos sonoros externos: ante sonidos bruscos, el bebé se contrae con miedo o se inquieta. Así, desde este momento podemos hablar no solo de la capacidad del feto para diferenciar sonidos internos y distinguirlos de los ruidos externos, sino también de su percepción emocional de los sonidos y de la formación de una experiencia correspondiente.

Percepción de los ruidos externos

En la etapa posterior del desarrollo intrauterino (a partir del octavo mes), la capacidad del feto para diferenciar sonidos se perfecciona. Obstetras franceses demostraron que, además de los ruidos internos del organismo materno, el feto oye sonidos externos que atraviesan el medio acuoso, distorsionándose ligeramente y superponiéndose a los ruidos internos. Esta conclusión se basó en una serie de experimentos en los que, tras la rotura de membranas en mujeres en trabajo de parto, se introdujo un micrófono miniatura en el útero y se registró la intensidad de los sonidos que alcanzaban al feto. En una de estas observaciones, los investigadores escucharon claramente las voces y el nivel sonoro en la sala, los ruidos internos del cuerpo materno y, para su gran asombro, la Novena Sinfonía de Beethoven transmitida por la radio en la sala de partos.

Tras la semana 32, el feto no solo distingue ruidos externos, sino que los diferencia, percibiendo primero los graves y luego los agudos. Debido a la distorsión de los sonidos externos por el líquido amniótico y al alto nivel de ruido interno en el útero (90–95 dB), el feto percibe mucho mejor los sonidos externos coloreados por la percepción emocional de la madre. Bajo la influencia de las emociones maternas, es capaz de «clasificar» las voces de las personas en amistosas o hostiles. Así, si la embarazada se angustia al interactuar con alguien (su corazón late irregularmente, su voz suena tensa), esto es para el bebé una señal de peligro. Por el contrario, si la madre está tranquila, alegre y satisfecha (su corazón late con regularidad, su voz es relajada), el bebé se siente seguro. La comunicación cordial de la madre con los demás sirve al futuro niño como señal de que suena la voz de un amigo y no hay motivos para temer.

La experiencia intrauterina del feto favorece su adaptación al nuevo entorno tras el nacimiento. En este sentido, las emociones positivas de la madre ante estímulos sonoros externos (voces de otras personas o sonidos) y las entonaciones afectuosas de su propia voz constituyen un factor clave para la formación de una experiencia positiva en el feto.

Sonidos musicales en la vida del feto

A partir de la semana 32, el feto reacciona a los tonos musicales que penetran en el útero, siempre que su intensidad supere el ruido de fondo. Mediante micrófonos se estableció que los tonos musicales se atenúan en el útero en proporción a su frecuencia. El ritmo y el timbre de los instrumentos, así como el equilibrio entre sonidos agudos y graves, apenas cambian. La reacción del feto a la música se manifiesta en taquicardia y, a veces, en cambios en su actividad motora. En estado de calma, el feto no responde a la música. Además de la transmisión a través de la pared abdominal, es muy importante la vía ósea de conducción del sonido y la respuesta emocional de la madre a la obra musical. Los investigadores comprobaron que el feto reacciona de forma distinta a repeticiones acústicas positivas o negativas, siendo crucial la emotividad con que la madre percibe la música.

Sin embargo, existen géneros musicales que ejercen un efecto objetivo sobre el feto, independiente de las emociones maternas. Por ejemplo, el feto «prefiere» escuchar música de los clásicos, canciones populares, romanzas antiguas y arias de ópera, y rechaza la cacofonía de la estridente música rock comercial y estilos similares. Por regla general, las reacciones negativas las provoca la música popular caracterizada por un ritmo claro y monótono, gran volumen y vibraciones de baja frecuencia (impacto vibroacústico). «Se ha observado que futuras madres a menudo deben abandonar salas de conciertos debido al sufrimiento intolerable causado por los movimientos violentos del feto», escribe André Bertin, presidente de la Asociación Nacional Francesa de Educación Prenatal, sobre la asistencia de embarazadas a conciertos de rock. En un artículo sobre el desarrollo intrauterino, A.I. Brusilovski cita un caso similar: «Una de mis pacientes contó que su feto de cinco meses literalmente “la obligó” a salir de una discoteca. Se movía tan fuertemente y la empujaba con tanta insistencia que comprendió que al niño le iba mal en aquella sala ruidosa y asfixiante», relata el profesor A.I. Brusilovski.

Entre las semanas 32 y 33, el feto comienza a reaccionar selectivamente a la música: Beethoven y Brahms lo excitan; Mozart, Vivaldi y otros compositores antiguos lo calman; Bach y Pergolesi lo hacen quedarse inmóvil «en un arrebato sublime»; Chopin lo predispone a un estado «romántico» sereno. Además de esta reacción selectiva, el feto es capaz de memorizar y reconocer música, gracias a la repetición de contextos musicales. Al respecto, el profesor A.I. Brusilovski menciona un caso interesante: «Una conocida mía, profesional de la música, me contó que, durante su embarazo, notó que el feto reconocía melodías. Una pieza le gustaba especialmente y comenzaba a moverse activamente. Un determinado ritmo de movimientos se repetía cada vez que sonaba esa música».

Citamos algunos fragmentos notables de las conferencias de André Bertin, publicadas en Rusia en 1992, sobre la percepción musical del futuro niño:

«Escuchar música constantemente puede convertirse en un auténtico proceso de aprendizaje. En una entrevista televisiva, el director estadounidense Boris Brott, al preguntársele dónde aprendió a amar la música, respondió: “Ese amor ya vivía en mí antes de nacer”. Al conocer ciertas obras por primera vez, ya conocía la parte del violín antes incluso de pasar la página de la partitura. Brott no podía explicar este fenómeno. Un día lo mencionó ante su madre, quien en el pasado había sido violonchelista. Ella revisó sus viejos programas y descubrió que su hijo conocía de memoria precisamente las obras que ella ensayaba durante el embarazo... Nadie se atrevería a afirmar que una madre que escucha música con frecuencia o toca mucho un instrumento durante el embarazo dará a luz necesariamente a un compositor, un músico virtuoso o un cantante. Pero sin duda alguna, el niño será receptivo a la música. Además de la posible formación de habilidades específicas, la madre le transmitirá indudablemente el gusto por la música, enriqueciendo enormemente toda su vida futura».

Importancia de los sonidos en la vida del feto

Los sonidos ejercen una influencia considerable en el desarrollo del órgano auditivo y del aparato vestibular fetal. Desde el momento en que el feto adquiere la capacidad de diferenciar sonidos, comienza a formarse su experiencia emocional ligada a la percepción auditiva.

Cabe destacar especialmente el impacto de los ruidos intensos, que actúan como factor traumático y podrían provocar defectos auditivos, hipoacusia congénita e incluso sordera. Por ejemplo, según datos estadísticos de Japón, las mujeres que viven cerca de aeropuertos tienen más probabilidades de dar a luz niños con defectos auditivos. Entre los estímulos sonoros intensos se incluyen ruidos industriales, despegues de aviones (peligrosos para embarazadas que viven cerca de aeropuertos), sonidos domésticos fuertes y la escucha de música con predominio de vibraciones de baja frecuencia.

Visión

La pregunta de si el recién nacido ve ha inquietado a los investigadores desde hace mucho tiempo. Se formularon hipótesis muy diversas: se supuso que el recién nacido no veía en absoluto, o veía imágenes invertidas, o veía imágenes normales pero solo en blanco y negro. Solo en 1960 se demostró convincentemente que el recién nacido es capaz de ver normalmente y distinguir colores. Un recién nacido de una hora de vida puede fijar la mirada durante 10–15 segundos y girar los ojos y la cabeza siguiendo un objeto. Más aún, es capaz de analizar lo visto y preferir un objeto a otro. Por ejemplo, si se le muestran dos imágenes —un rectángulo y un óvalo—, fija la mirada en el óvalo (imagen «parecida a un rostro»); si se le muestra un óvalo y un óvalo con esquema de rostro (ojos y boca), prefiere el segundo; si se le presenta un esquema de rostro y un rostro real, mira el rostro real; y si se le muestran dos rostros y uno de ellos habla, el niño «elige» al que habla (es decir, prefiere el estímulo polimodal).

Desarrollo del analizador visual fetal

El ojo del feto está prácticamente formado ya a las 10 semanas de desarrollo, y a los cinco meses completa las etapas finales de su formación. Aunque desde la semana 20 el feto ya puede ver, se considera que la percepción visual se activa solo tras el nacimiento, cuando el niño entra bajo la influencia directa de la luz. Efectivamente, dentro del vientre materno, rodeado de líquido amniótico, el feto no puede ver en el sentido habitual del término. Está prácticamente aislado de la luz y se encuentra en el espacio cerrado del útero, como en una «habitación oscura». Al iluminar el abdomen materno con una lámpara potente, el feto percibe solo una tenue luz anaranjada o rojiza.

Sin embargo, existen testimonios que indican que el feto es capaz de percibir y memorizar imágenes visuales asociadas a fuertes vivencias emocionales de la madre. Adquiere esta capacidad aproximadamente a partir del día 50 de vida intrauterina (cuando ya se registran impulsos cerebrales y el ojo ha completado su formación primaria). Pruebas de esta capacidad fueron obtenidas por S. Grof y otros investigadores en sesiones terapéuticas, cuando pacientes sumergidos en recuerdos del período intrauterino evocaban imágenes que su madre había visto durante el embarazo y que le habían provocado intensas emociones. Las bases de esta paradójica percepción visual fetal radican en las asombrosas propiedades de la retina. No solo capta señales externas y transmite imágenes visuales al cerebro, sino que también reproduce imágenes generadas en el cerebro. Precisamente gracias a estas propiedades podemos evocar mentalmente imágenes ya vistas, soñar y tener sueños. Es interesante que los pacientes también percibían como visiones vivencias emocionales intensas o prolongadas de la madre durante el embarazo —aunque no estuvieran ligadas a impresiones visuales—, asociándolas simbólicamente con su carga emocional positiva o negativa. Así, un susto intenso o una depresión materna podían asociarse con la imagen de aves rapaces o fauces aterradoras intentando devorar al indefenso bebé, mientras que el estado de alegría y calma de la madre solía asociarse con jardines paradisíacos, paisajes de belleza sobrenatural, vuelo de ángeles y seres hermosos similares.

Importancia de la contemplación materna para la formación del feto

Testimonios históricos y casos prácticos. Toda futura madre desea dar a luz al bebé más hermoso e inteligente. La creencia de que una embarazada puede alumbrar un niño bello si contempla rostros hermosos y se encuentra constantemente rodeada de objetos bellos, edificios o maravillas naturales nos ha llegado desde la más remota antigüedad. Al mismo tiempo, antiguamente se afirmaba que la mujer embarazada «debía apartarse obligatoriamente de toda desagradable impresión, objetos de aspecto desagradable, animales, personas feas, pues podría dar a luz un niño cuyo rostro o figura tendría gran semejanza con el animal o monstruo que ella hubiera visto frecuentemente o del que se hubiera asustado».

La convicción de que el feto en el vientre materno podía asimilar plenamente los rasgos de cualquier imagen bajo cuya influencia estuviera su madre durante el embarazo era universal. Esta creencia tuvo una difusión muy amplia en la Antigua Grecia y Roma, en Europa, en la Rus’ antigua, en China, etc. El conocido etnógrafo ruso del siglo XIX M. Zabylin cita al respecto los siguientes testimonios históricos:

«Tal convicción era universal incluso en tiempos de los eruditos Plinio y Galeno...

“Conocí —dice Galeno— a un hombre feo, jorobado y bastante parecido a Esopo. Temiendo engendrar una descendencia igualmente deformada, ordenó pintar el retrato de un muchacho hermoso y bien constituido, y colgó dicho cuadro en el hueco de la cabecera de la cama, de modo que su esposa lo tuviera ante sus ojos en los momentos oportunos. Las expectativas del esposo tuvieron pleno éxito: la esposa dio a luz un niño hermoso, idéntico al retrato...

...En las crónicas helvéticas de Sebta se relata que una famosa romana, que mantenía estrechos vínculos con el papa Martín IV, habría dado a luz un hijo velludo como un lobezno y con garras como las de una fiera. Esto se explicaría porque el papa poseía numerosos cuadros con imágenes de diversos animales; fueron precisamente estas pinturas las que provocaron el nacimiento del hijo velludo. Tras este incidente, el papa ordenó retirar los cuadros, temiendo que la bella romana diera a luz toda una generación de seres velludos”.»

Además de los registros etnográficos, existen casos análogos en la época contemporánea. Se conocen bastantes situaciones en las que el recién nacido reproduce en muchos aspectos los rasgos del retrato favorito que su madre contemplaba durante el embarazo. En el artículo «Cómo dar a luz un niño hermoso», publicado en la revista Nuestro bebé en 1997, se describe el siguiente caso:

«Esto ocurrió en los años 80. Una mujer soltera, historiadora del arte, tras perder toda esperanza de casarse, decidió a los 32 años tener un hijo por sí misma. Tenía una apariencia poco agraciada: era morena, de baja estatura, con pómulos anchos y una figura nada elegante. Toda su vida había estado sentada en depósitos de museos y bibliotecas, dedicándose a la pintura italiana de retratos de los siglos XV–XIX, pero de repente decidió abandonar temporalmente ese mundo para resolver su problema vital. ¡Y lo logró! Cabe señalar que el padre tampoco era guapo: igualmente bajo y poco agraciado.

Cuando quedó claro que el embarazo se había producido, nuestra heroína regresó tranquilamente a sus retratos preferidos, en los que aparecían mujeres esbeltas y elegantes, con dedos largos y finos, ojos grandes y rasgos faciales armoniosos. El embarazo transcurrió sin complicaciones, el parto fue exitoso y nació una niña —una criatura prodigiosa, idéntica a los retratos. Esta niña realmente resultó “ni a la madre ni al padre”, sino a los retratos predilectos de su madre. Hoy tiene 15 años y sorprende a todos por su belleza clásica, su elegancia y su piel de una blancura extraordinaria».

Explicación científica moderna. La ciencia contemporánea ofrece una explicación a estos fenómenos. La genética ondulatoria y la biofísica aclaran los mecanismos mediante los cuales las impresiones visuales maternas influyen en el desarrollo del feto intrauterino.

¿Qué crea las formas espaciales de los organismos vivos? Desde la escuela sabemos de la existencia de genes y cromosomas. Los manuales escolares afirman: «El gen es la unidad biológica que codifica la secuencia de aminoácidos que forman las moléculas proteicas». (¡Reflexione sobre su contenido!) Pero si el gen solo contiene información sobre la composición de las moléculas proteicas, entonces el conjunto de genes sólo podría generar un conjunto de proteínas o, en el mejor de los casos, una colonia de virus, que no constituyen un organismo integral [P.P. Garyaev, 1994]. Esto significa que tal autoorganización no podría ensamblar ni siquiera una célula individual, y mucho menos un organismo pluricelular. No obstante, todos los organismos biológicos poseen formas espaciales muy definidas. ¿Cómo ocurre, pues, la morfogénesis de los seres vivos?

Fueron los embriólogos los primeros en interesarse por este problema, conscientes de que los genes por sí solos no bastan para materializar la estructura espacial de un organismo vivo. Para explicar la morfogénesis, desarrollaron el concepto del campo morfogenético embrionario. Sus primeros planteamientos los realizaron A.G. Gurvich y N.K. Koltsov, y su libro dedicado a estos temas se publicó ya en 1944. Según esta concepción, alrededor del embrión y del feto existe un campo especial que contiene la información sobre la forma espacial del organismo. Es precisamente este campo el que, a partir de la masa celular en rápida proliferación, «modela» los órganos y el organismo en su conjunto. Cada célula posee su propio campo morfogenético, y en los organismos pluricelulares los campos celulares se superponen, formando un campo común.

Como ejemplos que ilustran la acción modeladora de los campos morfogenéticos, pueden citarse las capacidades de los seres vivos para regenerar sus formas originales tras lesiones o pérdida de extremidades. Recordemos a la conocida lagartija, que en situaciones de peligro desprende su cola, tras lo cual le crece una nueva, idéntica a la anterior. Estos casos son frecuentes en la naturaleza: el cangrejo regenera una nueva pinza tras perder la antigua, la serpiente recupera su cola perdida, etc. Tal regeneración de tejidos e incluso órganos enteros no es exclusiva de los animales inferiores y reptiles. Una serie de investigaciones de laboratorio en ratas y ratones demostró que, tras lesiones, estos animales pueden regenerar completamente extremidades (cola, falange de dedo) si la superficie de la herida se mantiene constantemente abierta, eliminando costras y estimulándola continuamente. En el lugar de la lesión, las células se dividen intensamente, proliferan y, gracias al campo morfogenético, forman la extremidad en su configuración original.

Las investigaciones modernas de Garyaev, Kaznachéev, Sheldrake y otros científicos han permitido establecer que el campo biológico es una estructura ondulatoria extremadamente compleja, compuesta por ondas electromagnéticas y acústicas de distintas frecuencias y longitudes. El portador del campo morfogenético de la célula —incluida la sexual— es el ADN, es decir, el aparato hereditario. Por tanto, puede afirmarse que la información hereditaria se transmite no solo por vía química, sino también ondulatoria. Durante la fecundación se forma un nuevo conjunto de cromosomas (una nueva molécula de ADN), y, por consiguiente, una nueva unidad hereditaria y una nueva estructura informacional ondulatoria: el campo morfogenético embrionario.

Las investigaciones realizadas han demostrado además que las células embrionarias son extremadamente sensibles a las influencias de campos externos. Más aún: en su campo morfogenético se registra toda la información ondulatoria externa, transformada por el campo materno. Dicha información se conserva en el organismo durante décadas y actúa como hereditaria; y las células del feto poseen propiedades embrionarias durante todo el período intrauterino. Esto significa que, para el bebé en desarrollo en el útero materno, es de suma importancia qué tipo de campos actúan sobre él.

Una ilustración perfecta de esta conclusión son los célebres experimentos del doctor Qian-Jen, quien irradió un polluelo en desarrollo dentro del huevo con el biocampo de un pato y obtuvo como resultado un «patopollo». Este ser (genéticamente un polluelo) tenía un pico ancho y membranas interdigitales en las patas, como un pato. El notable científico realizó numerosos experimentos similares con plantas y animales, obteniendo resultados asombrosos. Sus investigaciones demostraron que el material genético original puede transformarse mediante la acción de biocampos sobre el organismo en desarrollo antes de su nacimiento.

Al confirmar la alta probabilidad de que las imágenes visuales contempladas por la mujer embarazada influyan en la formación del cuerpo y, especialmente, del cráneo facial del futuro bebé, cabe señalar lo siguiente: el rostro humano experimenta cambios a lo largo de toda la vida. Sus rasgos son especialmente plásticos durante el período intrauterino y en la adolescencia. Se ha observado que, en la etapa de «intensa» formación facial de los adolescentes, cuando están fascinados por algún ideal, los rostros de chicos y chicas adquieren rasgos de notable similitud con sus ídolos. Además, hay que recordar la observación cotidiana bien conocida: las parejas que han convivido largo tiempo terminan pareciéndose físicamente.

La ley universal de la armonía. Hemos tocado lo más sagrado: la posibilidad de influir en el potencial genético del futuro hijo. La tradición enseña: contempla lo bello y evita lo feo. Pero el concepto de «bello» es muy relativo: los gustos humanos varían enormemente. ¿Qué criterio tomar, pues, para evaluar la belleza y así influir positivamente en el potencial del futuro bebé, y no perjudicarlo? (Pues no está garantizado que se logre un resultado positivo). Afortunadamente, sí existe un criterio de belleza absoluto e infalible.

A cada persona le ha ocurrido admirar las obras de la naturaleza: una flor exquisita, una mariposa, un ciervo grácil, un roble majestuoso, estalactitas en una cueva, cumbres montañosas, el cielo estrellado. La belleza natural es la máxima expresión de la finalidad: nada puede quitarse sin romper la integridad, y nada puede añadirse sin resultar superfluo. Todo el mundo material que nos rodea está impregnado de una armonía asombrosa, cuya expresión son los principios de simetría y la «proporción áurea».

La proporción áurea ha atraído desde siempre la atención de los más grandes pensadores y artistas. Este interés se debe a que todos los objetos —tanto naturales como artificiales— cuyas formas contienen la proporción áurea resultan agradables a la vista y siempre evocan sensaciones de belleza, equilibrio y armonía. (Cabe aclarar que el principio de la proporción áurea consiste en una división especial de un segmento, en la que la relación entre la parte mayor y la menor se expresa mediante el número Φ = 1,618). El principio de la proporción áurea es conocido desde la antigüedad. Los antiguos consideraban esta proporción especial, armónica y divina. Y no era casualidad. Las regularidades de la simetría áurea se manifiestan en la estructura de galaxias y sistemas planetarios, en la conformación de estrellas, planetas y minerales. Se reflejan en el mundo de las partículas elementales y en la estructura molecular de compuestos químicos. Estas regularidades impregnan todo el Universo en el que vivimos.

Antes de la aparición del mundo biológico en nuestro planeta, se formó la materia inanimada. Todos los seres vivos surgieron en un medio ya configurado, el cual, a su vez, reflejaba las propiedades del Universo y estaba sometido a las leyes de la armonía. Por tanto, el mundo biológico no podía dejar de reflejar en sí mismo las propiedades del entorno en el que surgió. Y, efectivamente, la estructura de la molécula de ADN obedece los principios de la proporción áurea. Estos mismos principios se reflejan también en su estructura de campo. Y si el aparato hereditario de todos los seres vivos refleja estas regularidades, entonces sus formas espaciales también deben ajustarse a ellas. En el reino vegetal y animal observamos constantemente simetría vertical (en la dirección del crecimiento y movimiento) y relaciones entre partes según la proporción áurea en sentido horizontal. Estas regularidades no solo se observan en la estructura global de los cuerpos de los seres vivos, sino también en la conformación de sus órganos individuales, así como en los biorritmos, en el funcionamiento del cerebro y los pulmones, en los ritmos cardíacos, es decir, en el trabajo de todos los sistemas funcionales del organismo.

Así, para armonizar el desarrollo del feto intrauterino, es necesario que la mujer embarazada esté rodeada únicamente de aquellos objetos, paisajes naturales, construcciones, etc., que reflejen las leyes de la armonía del Universo. En el mundo urbano, lamentablemente, no es posible hacer todo lo necesario para la belleza y la salud de nuestros propios hijos. No obstante, existe un camino hacia la salvación: las obras del arte elevado.

Bajo la sombra de las obras de arte. El potencial hereditario original del futuro niño puede mejorarse si se sitúa a la mujer embarazada en un «campo de lo bello». Y precisamente las obras de arte y los monumentos culturales son poderosos emisores de ondas de armonía y belleza. Las regularidades de la armonía natural, observadas en su momento por el ser humano, no podían dejar de utilizarse en su propia creación. De acuerdo con la armonía natural, los antiguos filósofos veían la unión con lo divino. El secreto de la proporción áurea era conocido ya en la remota antigüedad: los templos y pirámides egipcios, los templos y estatuas griegos son resultado de la aplicación práctica de la proporción áurea por arquitectos y artistas. Leonardo da Vinci, Rafael y muchos otros la utilizaron en sus creaciones. El gran maestro Antonio Stradivari conocía bien esta proporción y la aplicaba en la fabricación de sus famosos violines. Pero fue en las grandes obras de la arquitectura y la pintura donde la proporción áurea halló su aplicación más amplia.

En el poder de influencia de las obras de arte no solo interviene la viveza de sus proporciones. Ya mencionamos que los campos generados por seres vivos ejercen el impacto más eficaz sobre el embrión y el feto. Además de la elegancia y armonía de sus formas, los valores culturales constituyen una materia especial que combina propiedades del mundo vivo y del inanimado. Al crear sus obras, los maestros de siglos pasados empleaban materiales de origen orgánico. Por ejemplo, muchas construcciones y muebles se hacían de madera; en la mezcla para la albañilería se añadían proteínas de huevo de gallina; los pigmentos contenían aceites vegetales; los tejidos se teñían con colorantes de origen vegetal; los cuadros se pintaban sobre lienzo (de ahí la expresión «lienzos de los grandes maestros»); los iconos, sobre tablas de madera, etc. Gracias a su componente orgánico, los monumentos culturales pueden considerarse materia dotada de propiedades propias de un ser biológico o, como la caracterizó Vernadski, materia de «naturaleza biogénica».

Este tipo de materia manifiesta propiedades asombrosas. Los polímeros de origen biológico que la componen poseen una memoria molecular informativa de larga duración, que se conserva durante decenas e incluso cientos de años. Y la simetría áurea organiza sus formas espaciales, haciendo que las obras de arte y los valores culturales se asemejen a seres vivos. Así, la materia orgánica revestida de nuevas formas, impregnada con la armonía de la proporción áurea, adquiría una nueva vida. Hoy, gracias a instrumentos ultrasensibles modernos, se ha constatado que numerosos monumentos históricos abandonados y antiguas construcciones emiten una potente radiación informativa, detectable incluso cuando solo quedan fragmentos de ellas. Por eso, los monumentos de la cultura antigua son verdaderos guardianes vivos del espíritu de la época en que surgieron.

Las grandes creaciones culturales y artísticas, gracias a sus propiedades semejantes a las de un organismo vivo, son capaces de modificar las propiedades químicas y físicas del espacio circundante, creando una especie de aura invisible que neutraliza factores externos adversos. Este espacio transformado modela un entorno con propiedades sanadoras y armonizadoras. Además, en él se reflejan el mundo emocional y la fuerza espiritual del antiguo creador. Precisamente en esta parte del espacio transformada y ennoblecedora ocurre con mayor intensidad el intercambio de interacciones ondulatorias y físicas entre la materia biogénica y los organismos vivos.

El embrión y el feto se distinguen por una receptividad especial a las influencias de campos externos y no pueden dejar de reaccionar ante los campos que les rodean. Si se sitúa a la mujer embarazada en el campo armonizado y vivo generado por obras de arte dotadas de fuerza especial, su bebé se desarrollará bajo su influencia (recordemos al «polluelo-pato»). El entorno creado por los monumentos culturales permitirá mantener y desarrollar en el bebé todas sus mejores cualidades, e incluso podría mejorar las ya existentes. Este tipo de entorno también puede impedir el desarrollo de rasgos del niño que sean inarmónicos y ajenos a la auténtica belleza. De ello se deduce que, si desde los primeros meses del embarazo la futura madre se instala bajo la sombra de un castillo antiguo, se sumerge en el mundo de los valores artísticos o, al menos, pasea entre las ruinas de una ciudad antigua, ejercerá una influencia extremadamente beneficiosa sobre su futuro hijo.

Si quieres estar sano, contempla lo bello. En la antigüedad se recomendaba a las embarazadas contemplar lo bello por dos razones. En primer lugar, la contemplación de rostros y objetos hermosos prometía el nacimiento de un niño bello, y se consideraba que la belleza y la salud estaban estrechamente vinculadas. Por tanto, el nacimiento de un niño hermoso siempre implicaba que gozaría de buena salud, ya que el principio de la proporción áurea se refleja en todas las funciones del organismo y en la estructura de sus órganos internos. Así, quien posee un cuerpo armónico tiene la garantía de que todos sus órganos y sistemas funcionarán normalmente.

En segundo lugar, a través de la vista recibimos el 90 % de la información sobre el mundo exterior. Además, la visión desempeña un papel fundamental en la transmisión de información de la madre al feto. Si al influir en el feto intrauterino se combina la acción directa de campos externos con las sensaciones visuales de la madre (acción desde el interior), el efecto será varias veces mayor. Por eso, la tradición recomienda a las embarazadas rodearse de objetos y paisajes bellos y mantener esta influencia mediante una contemplación prolongada y frecuente de rostros hermosos. Para ayudar al niño a formarse armónico y bello, se recomienda a la embarazada elegir varios retratos de personas bien constituidas, con rostros hermosos, y colgarlos en su apartamento o casa en los lugares donde pasa más tiempo, para poder mirarlos constantemente. Además, se aconseja dedicar al menos una vez al día un momento de reposo en una silla o sofá, escuchando música antigua sublime, entregándose a la contemplación prolongada de rostros bellos en los retratos, observando atentamente y «recorriendo» con la mirada sus rasgos.

Para la contemplación, a la embarazada le convienen especialmente cuadros de gran formato con figuras humanas a cuerpo entero, donde se aprecien la belleza del rostro y del cuerpo. Pero si no se dispone de tales obras, sirve igualmente un retrato hasta la cintura. Lo más importante es la belleza y corrección de los rasgos del rostro representado. Al seleccionar retratos para este fin, es preferible orientarse por obras de K.P. Briúlov, Rafael o Leonardo da Vinci. El estilo realista combinado con el auténtico talento artístico de estos autores hace que sus retratos sean el objeto ideal para la contemplación de la embarazada. Además de la pintura, también es adecuada la escultura de la Antigua Grecia. Sería ideal que la embarazada pudiera contemplar originales, pero no hay inconveniente si utiliza reproducciones, siempre que sean de buena calidad gráfica y contenido apropiado. Se recomienda a la futura madre el contacto directo con valores artísticos, por lo que debe visitar museos y exposiciones.

Al elegir retratos para la contemplación, hay que recordar que no sirven fotografías ni retratos con imágenes borrosas, líneas imprecisas o reflejos. Tampoco son adecuadas estilizaciones, representaciones convencionales de rostros humanos ni retratos basados en la llamada «visión personal» del artista. Siguiendo estas recomendaciones, las embarazadas quizá no mejoren genéticamente los rasgos físicos de su hijo, pero al menos lo protegerán de todo aquello que pudiera perjudicarlo. El «milagro» podría producirse en caso de permanencia prolongada, e incluso constante, en el «campo de lo bello».

Tacto y sensaciones corporales del feto

La sensibilidad cutánea del feto aparece en el tercer mes de desarrollo intrauterino. Una prueba de ello es el cierre de los dedos en puño como respuesta a la estimulación de la palma de la mano. Las sensaciones táctiles y el tacto del feto están estrechamente vinculados a sus sensaciones corporales generales y a la percepción del espacio. En las primeras etapas del embarazo (hasta las semanas 16–20), cuando el feto flota libremente en el líquido amniótico y apenas toca las paredes uterinas, puede experimentar una «sensación de flotación en el espacio» y una unidad con el volumen «ilimitado» que lo rodea. Poco a poco, a medida que crece, el útero se le hace cada vez más estrecho. Al chocar contra sus paredes, comienza a comprender que existen límites, pero no percibe este cambio como una reducción del espacio circundante, sino como una señal sobre la forma de su propio cuerpo.

Aproximadamente a partir de las semanas 33–34, el feto, ya considerablemente crecido, ocupa todo el espacio intrauterino. El líquido amniótico ya no le permite moverse libremente, sino que actúa únicamente como «lubricante». Está en contacto con toda la superficie uterina, envuelto literalmente en sus tejidos. Por eso adopta una postura característica, determinada por la forma del útero: enrollado como una bola, con el mentón firmemente apoyado en el pecho, los bracitos cruzados sobre el tórax y las piernas flexionadas y dobladas hacia el abdomen. Sin embargo, esta posición forzada y la limitación de movimientos no constituyen una incomodidad para el feto. Por el contrario, en los últimos meses del embarazo desarrolla el hábito del espacio reducido y de la postura forzada, en la que su cuerpo se aproxima a la forma esférica.

Gracias al tacto y las sensaciones táctiles, el feto adquiere la noción de que su cuerpo tiene forma esférica, idéntica a la del útero. Así, al final del embarazo, el feto intrauterino ha acumulado una experiencia según la cual su cuerpo tiene forma de esfera, o más exactamente, de ovoide (es decir, un cuerpo de forma ovalada), sin brazos ni piernas.

Gusto y olfato

A partir del séptimo mes de desarrollo intrauterino, el feto es capaz de distinguir sabores y algunos olores. Para ilustrar estas capacidades, recurrimos a las conferencias de André Bertin: «El gusto ya está bien desarrollado; el feto incluso muestra preferencia por uno u otro sabor. Diariamente ingiere cierta cantidad de líquido amniótico. La adición de azúcar a este líquido, mediante inyección de su solución, hace que el feto “trague” con avidez el doble de la porción habitual. En cambio, al utilizar una solución amarga, la cantidad de líquido ingerida por el feto es mínima. Más aún, se logró obtener una imagen del feto con una mueca de desagrado (!), consecuencia directa de sensaciones gustativas negativas. El líquido amniótico se ve afectado por todo lo que la madre come y bebe. Esto favorece que el feto se acostumbre al sabor de los alimentos que consumirá tras el nacimiento y que son típicos de la región donde viven sus padres».

Así, existen mecanismos que permiten al feto familiarizarse con la cocina familiar mucho antes de nacer. Cabe señalar que, posteriormente, será precisamente esta cocina la que prefiera sobre todas las demás. Por tanto, la alimentación de la embarazada debe corresponder a sus características nacionales y al lugar geográfico donde reside. Teniendo en cuenta estos principios, la embarazada podrá presentar a su futuro hijo las cualidades gustativas de diversos alimentos y las particularidades de la cocina nacional.