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martes, 9 de junio de 2026

Psicología antenatal

 Psicología antenatal

Muchos investigadores, así como psiquiatras y psicólogos en ejercicio, se enfrentan a hechos que demuestran la existencia en la memoria humana de recuerdos sobre el período intrauterino y el nacimiento biológico. En muchos países del mundo, científicos de distintas especialidades —principalmente obstetras, psiquiatras y psicólogos— intentan reunir hechos que expliquen este fenómeno y penetrar en los misterios de la vida psíquica del feto.

Al tratar de establecer «contacto» con el feto, los investigadores estudiaron sus reacciones motoras y su ritmo cardíaco. Mediante el análisis de los latidos cardíacos lograron determinar la dinámica del ritmo circadiano del feto y sus respuestas a los sonidos. También se identificaron otras capacidades sensoriales del feto, por ejemplo, su capacidad para distinguir sabores y reaccionar a estímulos en la piel. Así, en los últimos años los científicos han obtenido una serie de datos fácticos sobre la actividad psíquica del feto, aunque tales descubrimientos ya eran conocidos en la antigüedad. Por ejemplo, en el antiguo Egipto, Grecia, China, India y en la Rus’ se consideraba que el feto humano poseía los primeros indicios de psique desde los primeros días del embarazo.

Los descubrimientos modernos en el campo de la psicología fetal permitieron que investigadores de varios países líderes se unieran ya en la década de 1970 en «Asociaciones Nacionales de Educación Prenatal» (se denomina prenatal al período comprendido entre la concepción y el nacimiento). El objetivo principal de estas organizaciones sociales es proporcionar las condiciones y los medios adecuados que garanticen la formación y el desarrollo del ser humano. Esta idea tuvo cierta resonancia social y permitió el surgimiento de una rama independiente de la ciencia: la psicología antenatal. Se denomina antenatal al período de vida del feto intrauterino, desde la concepción hasta el momento del parto.

Así, la psicología antenatal estudia el desarrollo del cerebro, la sensibilidad sensorial, los procesos de percepción, la memoria y otros fenómenos psíquicos durante este período de la vida del niño.

Memoria celular

En la base de la memoria fetal se encuentra la memoria celular del organismo biológico. Este fenómeno fue descubierto y descrito a partir de investigaciones fundamentales dedicadas al genoma ondulatorio. Estas investigaciones fueron iniciadas por A.G. Gurvich y A.A. Liubitshev, y actualmente las desarrollan Dzian-Kanjien y la escuela del académico Kaznachéev. El mecanismo de la memoria celular está descrito con bastante detalle en la monografía de P.P. Garyaev El genoma ondulatorio [Moscú, 1994].

El fenómeno de la memoria celular consiste en que las células conservan la memoria de los acontecimientos ocurridos en el organismo. El portador principal de la memoria en la célula viva es el material genético contenido en el núcleo, concretamente la molécula de ADN. Cualquier información que se repite regularmente o que es importante para el organismo se conserva en la célula durante bastante tiempo (en experimentos, de 1 a 3 meses); pero si la exposición fue prolongada e involucró no solo una, sino cientos de células, dicha memoria se conserva durante años. Las células embrionarias se distinguen de las células maduras del organismo adulto por una capacidad de memoria extraordinariamente grande, lo que les permite registrar y conservar indefinidamente la información sobre todos los acontecimientos que les llegan.

Una de las pruebas de la existencia de la memoria colectiva de las células son las investigaciones del conocido psiquiatra estadounidense Stanislav Grof, en las que analiza la importancia de los traumatismos físicos y las vivencias relacionadas con situaciones de peligro vital —enfermedad, operación, ahogamiento, etc.— en la vida del individuo y su papel en el desarrollo de diversas psicopatologías. Según sus investigaciones, «las emociones residuales y las sensaciones corporales surgidas ante una amenaza a la vida o a la integridad del organismo desempeñan un papel significativo en el desarrollo de diversas formas de psicopatología», ya que la memoria de estos eventos permanece a nivel celular e influye en el desarrollo y funcionamiento del organismo. Afortunadamente, en la memoria celular no solo se conservan impactos negativos, sino también positivos. Al conocer este hecho, se entiende por qué es tan importante que el registro en las células embrionarias sea lo más favorable posible.

El fenómeno de la memoria celular explica la posibilidad de conservar recuerdos del período más temprano del desarrollo embrionario humano, desde el mismo momento de la fecundación.

Actividad fetal

Una idea de la capacidad del organismo en desarrollo para realizar actividades complejas puede obtenerse al estudiar su actividad funcional. La actividad del feto intrauterino puede expresarse en procesos como el funcionamiento del corazón, la actividad motora y el ritmo de sueño y vigilia.

Funcionamiento del corazón

El primer movimiento rítmico del embrión humano es la contracción del corazón, que aparece en la tercera semana (día 18–23) del desarrollo intrauterino; hasta la quinta semana de gestación, el cuerpo del embrión permanece inmóvil. El corazón representa la primera estructura que comienza a funcionar como órgano rítmicamente contráctil.

Actividad motora

El embrión comienza a realizar movimientos aislados entre la sexta y octava semana. Hacia la semana 16, los movimientos del feto se vuelven coordinados y ya pueden percibirse por la madre. A veces, las mujeres multíparas sienten los movimientos fetales ya entre la semana 10 y 12. Las primíparas, en cambio, los perciben entre la semana 19 y 20, como fuertes palpitaciones. A la semana 20, según diversos datos, el feto realiza aproximadamente 200 movimientos diarios. El número máximo de movimientos (alrededor de 600) ocurre entre las semanas 28 y 32, ya que el volumen uterino y el líquido amniótico le permiten moverse con relativa libertad. Posteriormente, su actividad disminuye gradualmente debido al crecimiento fetal y a la reducción del espacio libre en el útero.

Además de los movimientos de brazos, piernas y cabeza, el feto realiza movimientos respiratorios de distintos tipos, incluyendo «hipos», que la embarazada puede percibir como pulsaciones frecuentes. Las investigaciones muestran que la embarazada percibe el 90 % de los movimientos fetales registrados por equipos diagnósticos.

La actividad motora del feto refleja su bienestar; por ello, el recuento de sus movimientos constituye un método simple y fiable para evaluar su estado. Existe la prueba de movimientos fetales de D. Pearson «Cuenta hasta 10». En una ficha especial, a partir de la semana 28, la embarazada registra diariamente el número de movimientos. El conteo comienza a las 9 de la mañana, y solo se anota cada décimo movimiento, marcando con una cruz la hora en la ficha.

Se ha establecido que menos de 10 movimientos en 12 horas constituyen una señal de alarma para el feto y requieren atención médica inmediata. Movimientos débiles e inactivos también indican malestar fetal.

Ritmos de sueño y vigilia

El feto posee su propio ritmo de actividad circadiana. Sus períodos de actividad alternan con períodos de sueño que suman entre 16 y 20 horas diarias. El electroencefalograma cerebral fetal permitió determinar que su sueño tiene dos fases, características del sueño en adultos: sueño REM (de movimientos oculares rápidos) y sueño no REM (lento). Es interesante que, en el feto, el sueño REM representa más del 50 % del tiempo total, mientras que en el adulto apenas alcanza el 20 %.

El feto duerme la mayor parte del día. Su actividad motora está estrechamente vinculada a las fases lunares. En un feto sano, la actividad motora suele aumentar en las horas nocturnas, especialmente entre las 21:00 y la 1:00. Curiosamente, esta ritmicidad del sueño y la vigilia la conserva durante algún tiempo tras el nacimiento. Para determinar cuánto tiempo persisten estos ritmos intrauterinos, los investigadores propusieron a las embarazadas llevar un diario de la actividad fetal diaria. Las madres que mantuvieron dicho diario durante el embarazo señalaron que les resultó fácil adaptarse al bebé tras su nacimiento, pues ya sabían cuándo dormiría y cuándo estaría despierto. Esto les permitió organizar mejor su tiempo y obtuvieron ventajas prácticas significativas.

Desarrollo de los órganos sensoriales y formación de la experiencia sensorial del feto

Durante un embarazo favorable, la existencia intrauterina del feto puede denominarse con seguridad un período de vida plácida. Las sensaciones del feto pueden caracterizarse como plena satisfacción, seguridad y comodidad, ausencia de límites y obstáculos. A partir del tercer mes de desarrollo intrauterino comienzan a funcionar los analizadores del feto. Al momento del nacimiento, el feto posee una audición plenamente desarrollada, visión, sensaciones gustativas maduras, olfato muy sensible y aguda sensibilidad táctil. La experiencia sensorial del feto, que se forma gracias al trabajo de sus analizadores, favorece su adaptación al nuevo entorno tras el nacimiento.

Audición

Actualmente no se conoce con certeza desde qué semana el feto es capaz de percibir sonidos. Según investigadores franceses, las primeras sensaciones «auditivas» del feto son vibratorias. En esta etapa, percibe todas las oscilaciones acústicas como vibraciones, lo que le crea una imagen de un mundo pulsante. Hasta la semana 16 de desarrollo intrauterino se forma el oído interno (órgano de la audición), que comienza a funcionar aproximadamente a partir de la semana 20. Desde entonces, las ondas sonoras que le llegan comienzan gradualmente a provocar sensaciones auditivas propiamente dichas. En otras palabras, el mundo circundante, percibido por el feto como una pulsación universal, empieza paulatinamente a descomponerse en sonidos individuales. Los primeros en destacarse son los ruidos internos generados por el organismo materno: latidos del corazón, voz, ruidos pulmonares, peristaltismo intestinal y actividad gástrica. Entre ellos, los más intensos son los latidos cardíacos y la voz de la madre. Esto se demostró mediante un micrófono miniatura introducido en la cavidad uterina durante el parto.

Condiciones acústicas en el útero

Según distintos autores, el ruido de fondo en el útero —generado por la actividad muscular materna, su flujo sanguíneo, el flujo placentario, las contracciones intestinales, los ruidos cardíacos y pulmonares, la voz periódica y los sonidos externos— alcanza los 95 dB [Arabin et al., 1989; Gagnon, 1989]. Este dato se obtuvo introduciendo un micrófono en el útero de mujeres embarazadas a través de los órganos genitales externos poco antes del parto. La atenuación de los sonidos externos que llegan al feto es de aproximadamente 40 dB [Querleu et al., 1988]. Por tanto, el feto puede oír sonidos externos cuya intensidad se acerque a los 135 dB.

Los sonidos externos de 65–70 dB (voz conversacional normal) penetran en el útero en forma debilitada y distorsionada (rara vez superan los 30 dB) debido al ruido de fondo y al medio acuoso. La mayor intensidad la posee el tono de la voz materna, transmitido a la cavidad uterina, lo cual se explica por su transmisión directa a través de los tejidos (vía de conducción ósea).

Percepción de los ruidos internos

Actualmente se considera demostrada la capacidad del recién nacido para reconocer la voz de su madre, que escuchó ya en el útero. Dos científicos estadounidenses realizaron un experimento impresionante con un grupo de mujeres embarazadas que, seis semanas antes del parto previsto, leían en voz alta dos veces al día el cuento El gato en el sombrero, dedicando en total unas 5 horas a esta lectura. A los tres días del nacimiento, a sus hijos se les colocaron auriculares y una tetina-conector vinculada a un dispositivo que cambiaba la narración según el tipo de succión. Mediante movimientos de succión de distinta frecuencia, los bebés podían elegir entre escuchar la voz de su madre o la de otra mujer leyendo el mismo cuento. Los niños preferían succionar con la frecuencia que les permitía oír la voz materna. Y cuando podían elegir entre ese cuento y otro leído también por su madre, seleccionaban el que habían escuchado durante los últimos meses del embarazo: El gato en el sombrero. De este experimento se concluyó que el niño reconoce la voz materna ya en el útero y puede distinguir diferentes relatos, posiblemente gracias a sus ritmos distintos. Así, puede suponerse que en el feto ya funciona la memoria auditiva.

Entre el sexto y séptimo mes de vida intrauterina, el feto no solo oye, sino que diferencia bien los sonidos internos. Además, para él no es indiferente si el corazón de la madre late con ansiedad o calma, si su voz suena triste o alegre, si respira con regularidad o de forma entrecortada y tensa. Si la madre se angustia, su corazón late con inquietud, su ritmo respiratorio se altera y el bebé se queda quieto, como presintiendo peligro. Efectivamente, poco después esa amenaza se vuelve real: al feto le llegan hormonas correspondientes a las emociones negativas maternas, que empeoran su estado. Esta conexión —entre el carácter del sonido y el estado emocional y fisiológico correspondiente— se fija y permanece en su memoria. A partir de entonces es posible registrar la reacción del feto ante estímulos sonoros externos: ante sonidos bruscos, el bebé se contrae con miedo o se inquieta. Así, desde este momento podemos hablar no solo de la capacidad del feto para diferenciar sonidos internos y distinguirlos de los ruidos externos, sino también de su percepción emocional de los sonidos y de la formación de una experiencia correspondiente.

Percepción de los ruidos externos

En la etapa posterior del desarrollo intrauterino (a partir del octavo mes), la capacidad del feto para diferenciar sonidos se perfecciona. Obstetras franceses demostraron que, además de los ruidos internos del organismo materno, el feto oye sonidos externos que atraviesan el medio acuoso, distorsionándose ligeramente y superponiéndose a los ruidos internos. Esta conclusión se basó en una serie de experimentos en los que, tras la rotura de membranas en mujeres en trabajo de parto, se introdujo un micrófono miniatura en el útero y se registró la intensidad de los sonidos que alcanzaban al feto. En una de estas observaciones, los investigadores escucharon claramente las voces y el nivel sonoro en la sala, los ruidos internos del cuerpo materno y, para su gran asombro, la Novena Sinfonía de Beethoven transmitida por la radio en la sala de partos.

Tras la semana 32, el feto no solo distingue ruidos externos, sino que los diferencia, percibiendo primero los graves y luego los agudos. Debido a la distorsión de los sonidos externos por el líquido amniótico y al alto nivel de ruido interno en el útero (90–95 dB), el feto percibe mucho mejor los sonidos externos coloreados por la percepción emocional de la madre. Bajo la influencia de las emociones maternas, es capaz de «clasificar» las voces de las personas en amistosas o hostiles. Así, si la embarazada se angustia al interactuar con alguien (su corazón late irregularmente, su voz suena tensa), esto es para el bebé una señal de peligro. Por el contrario, si la madre está tranquila, alegre y satisfecha (su corazón late con regularidad, su voz es relajada), el bebé se siente seguro. La comunicación cordial de la madre con los demás sirve al futuro niño como señal de que suena la voz de un amigo y no hay motivos para temer.

La experiencia intrauterina del feto favorece su adaptación al nuevo entorno tras el nacimiento. En este sentido, las emociones positivas de la madre ante estímulos sonoros externos (voces de otras personas o sonidos) y las entonaciones afectuosas de su propia voz constituyen un factor clave para la formación de una experiencia positiva en el feto.

Sonidos musicales en la vida del feto

A partir de la semana 32, el feto reacciona a los tonos musicales que penetran en el útero, siempre que su intensidad supere el ruido de fondo. Mediante micrófonos se estableció que los tonos musicales se atenúan en el útero en proporción a su frecuencia. El ritmo y el timbre de los instrumentos, así como el equilibrio entre sonidos agudos y graves, apenas cambian. La reacción del feto a la música se manifiesta en taquicardia y, a veces, en cambios en su actividad motora. En estado de calma, el feto no responde a la música. Además de la transmisión a través de la pared abdominal, es muy importante la vía ósea de conducción del sonido y la respuesta emocional de la madre a la obra musical. Los investigadores comprobaron que el feto reacciona de forma distinta a repeticiones acústicas positivas o negativas, siendo crucial la emotividad con que la madre percibe la música.

Sin embargo, existen géneros musicales que ejercen un efecto objetivo sobre el feto, independiente de las emociones maternas. Por ejemplo, el feto «prefiere» escuchar música de los clásicos, canciones populares, romanzas antiguas y arias de ópera, y rechaza la cacofonía de la estridente música rock comercial y estilos similares. Por regla general, las reacciones negativas las provoca la música popular caracterizada por un ritmo claro y monótono, gran volumen y vibraciones de baja frecuencia (impacto vibroacústico). «Se ha observado que futuras madres a menudo deben abandonar salas de conciertos debido al sufrimiento intolerable causado por los movimientos violentos del feto», escribe André Bertin, presidente de la Asociación Nacional Francesa de Educación Prenatal, sobre la asistencia de embarazadas a conciertos de rock. En un artículo sobre el desarrollo intrauterino, A.I. Brusilovski cita un caso similar: «Una de mis pacientes contó que su feto de cinco meses literalmente “la obligó” a salir de una discoteca. Se movía tan fuertemente y la empujaba con tanta insistencia que comprendió que al niño le iba mal en aquella sala ruidosa y asfixiante», relata el profesor A.I. Brusilovski.

Entre las semanas 32 y 33, el feto comienza a reaccionar selectivamente a la música: Beethoven y Brahms lo excitan; Mozart, Vivaldi y otros compositores antiguos lo calman; Bach y Pergolesi lo hacen quedarse inmóvil «en un arrebato sublime»; Chopin lo predispone a un estado «romántico» sereno. Además de esta reacción selectiva, el feto es capaz de memorizar y reconocer música, gracias a la repetición de contextos musicales. Al respecto, el profesor A.I. Brusilovski menciona un caso interesante: «Una conocida mía, profesional de la música, me contó que, durante su embarazo, notó que el feto reconocía melodías. Una pieza le gustaba especialmente y comenzaba a moverse activamente. Un determinado ritmo de movimientos se repetía cada vez que sonaba esa música».

Citamos algunos fragmentos notables de las conferencias de André Bertin, publicadas en Rusia en 1992, sobre la percepción musical del futuro niño:

«Escuchar música constantemente puede convertirse en un auténtico proceso de aprendizaje. En una entrevista televisiva, el director estadounidense Boris Brott, al preguntársele dónde aprendió a amar la música, respondió: “Ese amor ya vivía en mí antes de nacer”. Al conocer ciertas obras por primera vez, ya conocía la parte del violín antes incluso de pasar la página de la partitura. Brott no podía explicar este fenómeno. Un día lo mencionó ante su madre, quien en el pasado había sido violonchelista. Ella revisó sus viejos programas y descubrió que su hijo conocía de memoria precisamente las obras que ella ensayaba durante el embarazo... Nadie se atrevería a afirmar que una madre que escucha música con frecuencia o toca mucho un instrumento durante el embarazo dará a luz necesariamente a un compositor, un músico virtuoso o un cantante. Pero sin duda alguna, el niño será receptivo a la música. Además de la posible formación de habilidades específicas, la madre le transmitirá indudablemente el gusto por la música, enriqueciendo enormemente toda su vida futura».

Importancia de los sonidos en la vida del feto

Los sonidos ejercen una influencia considerable en el desarrollo del órgano auditivo y del aparato vestibular fetal. Desde el momento en que el feto adquiere la capacidad de diferenciar sonidos, comienza a formarse su experiencia emocional ligada a la percepción auditiva.

Cabe destacar especialmente el impacto de los ruidos intensos, que actúan como factor traumático y podrían provocar defectos auditivos, hipoacusia congénita e incluso sordera. Por ejemplo, según datos estadísticos de Japón, las mujeres que viven cerca de aeropuertos tienen más probabilidades de dar a luz niños con defectos auditivos. Entre los estímulos sonoros intensos se incluyen ruidos industriales, despegues de aviones (peligrosos para embarazadas que viven cerca de aeropuertos), sonidos domésticos fuertes y la escucha de música con predominio de vibraciones de baja frecuencia.

Visión

La pregunta de si el recién nacido ve ha inquietado a los investigadores desde hace mucho tiempo. Se formularon hipótesis muy diversas: se supuso que el recién nacido no veía en absoluto, o veía imágenes invertidas, o veía imágenes normales pero solo en blanco y negro. Solo en 1960 se demostró convincentemente que el recién nacido es capaz de ver normalmente y distinguir colores. Un recién nacido de una hora de vida puede fijar la mirada durante 10–15 segundos y girar los ojos y la cabeza siguiendo un objeto. Más aún, es capaz de analizar lo visto y preferir un objeto a otro. Por ejemplo, si se le muestran dos imágenes —un rectángulo y un óvalo—, fija la mirada en el óvalo (imagen «parecida a un rostro»); si se le muestra un óvalo y un óvalo con esquema de rostro (ojos y boca), prefiere el segundo; si se le presenta un esquema de rostro y un rostro real, mira el rostro real; y si se le muestran dos rostros y uno de ellos habla, el niño «elige» al que habla (es decir, prefiere el estímulo polimodal).

Desarrollo del analizador visual fetal

El ojo del feto está prácticamente formado ya a las 10 semanas de desarrollo, y a los cinco meses completa las etapas finales de su formación. Aunque desde la semana 20 el feto ya puede ver, se considera que la percepción visual se activa solo tras el nacimiento, cuando el niño entra bajo la influencia directa de la luz. Efectivamente, dentro del vientre materno, rodeado de líquido amniótico, el feto no puede ver en el sentido habitual del término. Está prácticamente aislado de la luz y se encuentra en el espacio cerrado del útero, como en una «habitación oscura». Al iluminar el abdomen materno con una lámpara potente, el feto percibe solo una tenue luz anaranjada o rojiza.

Sin embargo, existen testimonios que indican que el feto es capaz de percibir y memorizar imágenes visuales asociadas a fuertes vivencias emocionales de la madre. Adquiere esta capacidad aproximadamente a partir del día 50 de vida intrauterina (cuando ya se registran impulsos cerebrales y el ojo ha completado su formación primaria). Pruebas de esta capacidad fueron obtenidas por S. Grof y otros investigadores en sesiones terapéuticas, cuando pacientes sumergidos en recuerdos del período intrauterino evocaban imágenes que su madre había visto durante el embarazo y que le habían provocado intensas emociones. Las bases de esta paradójica percepción visual fetal radican en las asombrosas propiedades de la retina. No solo capta señales externas y transmite imágenes visuales al cerebro, sino que también reproduce imágenes generadas en el cerebro. Precisamente gracias a estas propiedades podemos evocar mentalmente imágenes ya vistas, soñar y tener sueños. Es interesante que los pacientes también percibían como visiones vivencias emocionales intensas o prolongadas de la madre durante el embarazo —aunque no estuvieran ligadas a impresiones visuales—, asociándolas simbólicamente con su carga emocional positiva o negativa. Así, un susto intenso o una depresión materna podían asociarse con la imagen de aves rapaces o fauces aterradoras intentando devorar al indefenso bebé, mientras que el estado de alegría y calma de la madre solía asociarse con jardines paradisíacos, paisajes de belleza sobrenatural, vuelo de ángeles y seres hermosos similares.

Importancia de la contemplación materna para la formación del feto

Testimonios históricos y casos prácticos. Toda futura madre desea dar a luz al bebé más hermoso e inteligente. La creencia de que una embarazada puede alumbrar un niño bello si contempla rostros hermosos y se encuentra constantemente rodeada de objetos bellos, edificios o maravillas naturales nos ha llegado desde la más remota antigüedad. Al mismo tiempo, antiguamente se afirmaba que la mujer embarazada «debía apartarse obligatoriamente de toda desagradable impresión, objetos de aspecto desagradable, animales, personas feas, pues podría dar a luz un niño cuyo rostro o figura tendría gran semejanza con el animal o monstruo que ella hubiera visto frecuentemente o del que se hubiera asustado».

La convicción de que el feto en el vientre materno podía asimilar plenamente los rasgos de cualquier imagen bajo cuya influencia estuviera su madre durante el embarazo era universal. Esta creencia tuvo una difusión muy amplia en la Antigua Grecia y Roma, en Europa, en la Rus’ antigua, en China, etc. El conocido etnógrafo ruso del siglo XIX M. Zabylin cita al respecto los siguientes testimonios históricos:

«Tal convicción era universal incluso en tiempos de los eruditos Plinio y Galeno...

“Conocí —dice Galeno— a un hombre feo, jorobado y bastante parecido a Esopo. Temiendo engendrar una descendencia igualmente deformada, ordenó pintar el retrato de un muchacho hermoso y bien constituido, y colgó dicho cuadro en el hueco de la cabecera de la cama, de modo que su esposa lo tuviera ante sus ojos en los momentos oportunos. Las expectativas del esposo tuvieron pleno éxito: la esposa dio a luz un niño hermoso, idéntico al retrato...

...En las crónicas helvéticas de Sebta se relata que una famosa romana, que mantenía estrechos vínculos con el papa Martín IV, habría dado a luz un hijo velludo como un lobezno y con garras como las de una fiera. Esto se explicaría porque el papa poseía numerosos cuadros con imágenes de diversos animales; fueron precisamente estas pinturas las que provocaron el nacimiento del hijo velludo. Tras este incidente, el papa ordenó retirar los cuadros, temiendo que la bella romana diera a luz toda una generación de seres velludos”.»

Además de los registros etnográficos, existen casos análogos en la época contemporánea. Se conocen bastantes situaciones en las que el recién nacido reproduce en muchos aspectos los rasgos del retrato favorito que su madre contemplaba durante el embarazo. En el artículo «Cómo dar a luz un niño hermoso», publicado en la revista Nuestro bebé en 1997, se describe el siguiente caso:

«Esto ocurrió en los años 80. Una mujer soltera, historiadora del arte, tras perder toda esperanza de casarse, decidió a los 32 años tener un hijo por sí misma. Tenía una apariencia poco agraciada: era morena, de baja estatura, con pómulos anchos y una figura nada elegante. Toda su vida había estado sentada en depósitos de museos y bibliotecas, dedicándose a la pintura italiana de retratos de los siglos XV–XIX, pero de repente decidió abandonar temporalmente ese mundo para resolver su problema vital. ¡Y lo logró! Cabe señalar que el padre tampoco era guapo: igualmente bajo y poco agraciado.

Cuando quedó claro que el embarazo se había producido, nuestra heroína regresó tranquilamente a sus retratos preferidos, en los que aparecían mujeres esbeltas y elegantes, con dedos largos y finos, ojos grandes y rasgos faciales armoniosos. El embarazo transcurrió sin complicaciones, el parto fue exitoso y nació una niña —una criatura prodigiosa, idéntica a los retratos. Esta niña realmente resultó “ni a la madre ni al padre”, sino a los retratos predilectos de su madre. Hoy tiene 15 años y sorprende a todos por su belleza clásica, su elegancia y su piel de una blancura extraordinaria».

Explicación científica moderna. La ciencia contemporánea ofrece una explicación a estos fenómenos. La genética ondulatoria y la biofísica aclaran los mecanismos mediante los cuales las impresiones visuales maternas influyen en el desarrollo del feto intrauterino.

¿Qué crea las formas espaciales de los organismos vivos? Desde la escuela sabemos de la existencia de genes y cromosomas. Los manuales escolares afirman: «El gen es la unidad biológica que codifica la secuencia de aminoácidos que forman las moléculas proteicas». (¡Reflexione sobre su contenido!) Pero si el gen solo contiene información sobre la composición de las moléculas proteicas, entonces el conjunto de genes sólo podría generar un conjunto de proteínas o, en el mejor de los casos, una colonia de virus, que no constituyen un organismo integral [P.P. Garyaev, 1994]. Esto significa que tal autoorganización no podría ensamblar ni siquiera una célula individual, y mucho menos un organismo pluricelular. No obstante, todos los organismos biológicos poseen formas espaciales muy definidas. ¿Cómo ocurre, pues, la morfogénesis de los seres vivos?

Fueron los embriólogos los primeros en interesarse por este problema, conscientes de que los genes por sí solos no bastan para materializar la estructura espacial de un organismo vivo. Para explicar la morfogénesis, desarrollaron el concepto del campo morfogenético embrionario. Sus primeros planteamientos los realizaron A.G. Gurvich y N.K. Koltsov, y su libro dedicado a estos temas se publicó ya en 1944. Según esta concepción, alrededor del embrión y del feto existe un campo especial que contiene la información sobre la forma espacial del organismo. Es precisamente este campo el que, a partir de la masa celular en rápida proliferación, «modela» los órganos y el organismo en su conjunto. Cada célula posee su propio campo morfogenético, y en los organismos pluricelulares los campos celulares se superponen, formando un campo común.

Como ejemplos que ilustran la acción modeladora de los campos morfogenéticos, pueden citarse las capacidades de los seres vivos para regenerar sus formas originales tras lesiones o pérdida de extremidades. Recordemos a la conocida lagartija, que en situaciones de peligro desprende su cola, tras lo cual le crece una nueva, idéntica a la anterior. Estos casos son frecuentes en la naturaleza: el cangrejo regenera una nueva pinza tras perder la antigua, la serpiente recupera su cola perdida, etc. Tal regeneración de tejidos e incluso órganos enteros no es exclusiva de los animales inferiores y reptiles. Una serie de investigaciones de laboratorio en ratas y ratones demostró que, tras lesiones, estos animales pueden regenerar completamente extremidades (cola, falange de dedo) si la superficie de la herida se mantiene constantemente abierta, eliminando costras y estimulándola continuamente. En el lugar de la lesión, las células se dividen intensamente, proliferan y, gracias al campo morfogenético, forman la extremidad en su configuración original.

Las investigaciones modernas de Garyaev, Kaznachéev, Sheldrake y otros científicos han permitido establecer que el campo biológico es una estructura ondulatoria extremadamente compleja, compuesta por ondas electromagnéticas y acústicas de distintas frecuencias y longitudes. El portador del campo morfogenético de la célula —incluida la sexual— es el ADN, es decir, el aparato hereditario. Por tanto, puede afirmarse que la información hereditaria se transmite no solo por vía química, sino también ondulatoria. Durante la fecundación se forma un nuevo conjunto de cromosomas (una nueva molécula de ADN), y, por consiguiente, una nueva unidad hereditaria y una nueva estructura informacional ondulatoria: el campo morfogenético embrionario.

Las investigaciones realizadas han demostrado además que las células embrionarias son extremadamente sensibles a las influencias de campos externos. Más aún: en su campo morfogenético se registra toda la información ondulatoria externa, transformada por el campo materno. Dicha información se conserva en el organismo durante décadas y actúa como hereditaria; y las células del feto poseen propiedades embrionarias durante todo el período intrauterino. Esto significa que, para el bebé en desarrollo en el útero materno, es de suma importancia qué tipo de campos actúan sobre él.

Una ilustración perfecta de esta conclusión son los célebres experimentos del doctor Qian-Jen, quien irradió un polluelo en desarrollo dentro del huevo con el biocampo de un pato y obtuvo como resultado un «patopollo». Este ser (genéticamente un polluelo) tenía un pico ancho y membranas interdigitales en las patas, como un pato. El notable científico realizó numerosos experimentos similares con plantas y animales, obteniendo resultados asombrosos. Sus investigaciones demostraron que el material genético original puede transformarse mediante la acción de biocampos sobre el organismo en desarrollo antes de su nacimiento.

Al confirmar la alta probabilidad de que las imágenes visuales contempladas por la mujer embarazada influyan en la formación del cuerpo y, especialmente, del cráneo facial del futuro bebé, cabe señalar lo siguiente: el rostro humano experimenta cambios a lo largo de toda la vida. Sus rasgos son especialmente plásticos durante el período intrauterino y en la adolescencia. Se ha observado que, en la etapa de «intensa» formación facial de los adolescentes, cuando están fascinados por algún ideal, los rostros de chicos y chicas adquieren rasgos de notable similitud con sus ídolos. Además, hay que recordar la observación cotidiana bien conocida: las parejas que han convivido largo tiempo terminan pareciéndose físicamente.

La ley universal de la armonía. Hemos tocado lo más sagrado: la posibilidad de influir en el potencial genético del futuro hijo. La tradición enseña: contempla lo bello y evita lo feo. Pero el concepto de «bello» es muy relativo: los gustos humanos varían enormemente. ¿Qué criterio tomar, pues, para evaluar la belleza y así influir positivamente en el potencial del futuro bebé, y no perjudicarlo? (Pues no está garantizado que se logre un resultado positivo). Afortunadamente, sí existe un criterio de belleza absoluto e infalible.

A cada persona le ha ocurrido admirar las obras de la naturaleza: una flor exquisita, una mariposa, un ciervo grácil, un roble majestuoso, estalactitas en una cueva, cumbres montañosas, el cielo estrellado. La belleza natural es la máxima expresión de la finalidad: nada puede quitarse sin romper la integridad, y nada puede añadirse sin resultar superfluo. Todo el mundo material que nos rodea está impregnado de una armonía asombrosa, cuya expresión son los principios de simetría y la «proporción áurea».

La proporción áurea ha atraído desde siempre la atención de los más grandes pensadores y artistas. Este interés se debe a que todos los objetos —tanto naturales como artificiales— cuyas formas contienen la proporción áurea resultan agradables a la vista y siempre evocan sensaciones de belleza, equilibrio y armonía. (Cabe aclarar que el principio de la proporción áurea consiste en una división especial de un segmento, en la que la relación entre la parte mayor y la menor se expresa mediante el número Φ = 1,618). El principio de la proporción áurea es conocido desde la antigüedad. Los antiguos consideraban esta proporción especial, armónica y divina. Y no era casualidad. Las regularidades de la simetría áurea se manifiestan en la estructura de galaxias y sistemas planetarios, en la conformación de estrellas, planetas y minerales. Se reflejan en el mundo de las partículas elementales y en la estructura molecular de compuestos químicos. Estas regularidades impregnan todo el Universo en el que vivimos.

Antes de la aparición del mundo biológico en nuestro planeta, se formó la materia inanimada. Todos los seres vivos surgieron en un medio ya configurado, el cual, a su vez, reflejaba las propiedades del Universo y estaba sometido a las leyes de la armonía. Por tanto, el mundo biológico no podía dejar de reflejar en sí mismo las propiedades del entorno en el que surgió. Y, efectivamente, la estructura de la molécula de ADN obedece los principios de la proporción áurea. Estos mismos principios se reflejan también en su estructura de campo. Y si el aparato hereditario de todos los seres vivos refleja estas regularidades, entonces sus formas espaciales también deben ajustarse a ellas. En el reino vegetal y animal observamos constantemente simetría vertical (en la dirección del crecimiento y movimiento) y relaciones entre partes según la proporción áurea en sentido horizontal. Estas regularidades no solo se observan en la estructura global de los cuerpos de los seres vivos, sino también en la conformación de sus órganos individuales, así como en los biorritmos, en el funcionamiento del cerebro y los pulmones, en los ritmos cardíacos, es decir, en el trabajo de todos los sistemas funcionales del organismo.

Así, para armonizar el desarrollo del feto intrauterino, es necesario que la mujer embarazada esté rodeada únicamente de aquellos objetos, paisajes naturales, construcciones, etc., que reflejen las leyes de la armonía del Universo. En el mundo urbano, lamentablemente, no es posible hacer todo lo necesario para la belleza y la salud de nuestros propios hijos. No obstante, existe un camino hacia la salvación: las obras del arte elevado.

Bajo la sombra de las obras de arte. El potencial hereditario original del futuro niño puede mejorarse si se sitúa a la mujer embarazada en un «campo de lo bello». Y precisamente las obras de arte y los monumentos culturales son poderosos emisores de ondas de armonía y belleza. Las regularidades de la armonía natural, observadas en su momento por el ser humano, no podían dejar de utilizarse en su propia creación. De acuerdo con la armonía natural, los antiguos filósofos veían la unión con lo divino. El secreto de la proporción áurea era conocido ya en la remota antigüedad: los templos y pirámides egipcios, los templos y estatuas griegos son resultado de la aplicación práctica de la proporción áurea por arquitectos y artistas. Leonardo da Vinci, Rafael y muchos otros la utilizaron en sus creaciones. El gran maestro Antonio Stradivari conocía bien esta proporción y la aplicaba en la fabricación de sus famosos violines. Pero fue en las grandes obras de la arquitectura y la pintura donde la proporción áurea halló su aplicación más amplia.

En el poder de influencia de las obras de arte no solo interviene la viveza de sus proporciones. Ya mencionamos que los campos generados por seres vivos ejercen el impacto más eficaz sobre el embrión y el feto. Además de la elegancia y armonía de sus formas, los valores culturales constituyen una materia especial que combina propiedades del mundo vivo y del inanimado. Al crear sus obras, los maestros de siglos pasados empleaban materiales de origen orgánico. Por ejemplo, muchas construcciones y muebles se hacían de madera; en la mezcla para la albañilería se añadían proteínas de huevo de gallina; los pigmentos contenían aceites vegetales; los tejidos se teñían con colorantes de origen vegetal; los cuadros se pintaban sobre lienzo (de ahí la expresión «lienzos de los grandes maestros»); los iconos, sobre tablas de madera, etc. Gracias a su componente orgánico, los monumentos culturales pueden considerarse materia dotada de propiedades propias de un ser biológico o, como la caracterizó Vernadski, materia de «naturaleza biogénica».

Este tipo de materia manifiesta propiedades asombrosas. Los polímeros de origen biológico que la componen poseen una memoria molecular informativa de larga duración, que se conserva durante decenas e incluso cientos de años. Y la simetría áurea organiza sus formas espaciales, haciendo que las obras de arte y los valores culturales se asemejen a seres vivos. Así, la materia orgánica revestida de nuevas formas, impregnada con la armonía de la proporción áurea, adquiría una nueva vida. Hoy, gracias a instrumentos ultrasensibles modernos, se ha constatado que numerosos monumentos históricos abandonados y antiguas construcciones emiten una potente radiación informativa, detectable incluso cuando solo quedan fragmentos de ellas. Por eso, los monumentos de la cultura antigua son verdaderos guardianes vivos del espíritu de la época en que surgieron.

Las grandes creaciones culturales y artísticas, gracias a sus propiedades semejantes a las de un organismo vivo, son capaces de modificar las propiedades químicas y físicas del espacio circundante, creando una especie de aura invisible que neutraliza factores externos adversos. Este espacio transformado modela un entorno con propiedades sanadoras y armonizadoras. Además, en él se reflejan el mundo emocional y la fuerza espiritual del antiguo creador. Precisamente en esta parte del espacio transformada y ennoblecedora ocurre con mayor intensidad el intercambio de interacciones ondulatorias y físicas entre la materia biogénica y los organismos vivos.

El embrión y el feto se distinguen por una receptividad especial a las influencias de campos externos y no pueden dejar de reaccionar ante los campos que les rodean. Si se sitúa a la mujer embarazada en el campo armonizado y vivo generado por obras de arte dotadas de fuerza especial, su bebé se desarrollará bajo su influencia (recordemos al «polluelo-pato»). El entorno creado por los monumentos culturales permitirá mantener y desarrollar en el bebé todas sus mejores cualidades, e incluso podría mejorar las ya existentes. Este tipo de entorno también puede impedir el desarrollo de rasgos del niño que sean inarmónicos y ajenos a la auténtica belleza. De ello se deduce que, si desde los primeros meses del embarazo la futura madre se instala bajo la sombra de un castillo antiguo, se sumerge en el mundo de los valores artísticos o, al menos, pasea entre las ruinas de una ciudad antigua, ejercerá una influencia extremadamente beneficiosa sobre su futuro hijo.

Si quieres estar sano, contempla lo bello. En la antigüedad se recomendaba a las embarazadas contemplar lo bello por dos razones. En primer lugar, la contemplación de rostros y objetos hermosos prometía el nacimiento de un niño bello, y se consideraba que la belleza y la salud estaban estrechamente vinculadas. Por tanto, el nacimiento de un niño hermoso siempre implicaba que gozaría de buena salud, ya que el principio de la proporción áurea se refleja en todas las funciones del organismo y en la estructura de sus órganos internos. Así, quien posee un cuerpo armónico tiene la garantía de que todos sus órganos y sistemas funcionarán normalmente.

En segundo lugar, a través de la vista recibimos el 90 % de la información sobre el mundo exterior. Además, la visión desempeña un papel fundamental en la transmisión de información de la madre al feto. Si al influir en el feto intrauterino se combina la acción directa de campos externos con las sensaciones visuales de la madre (acción desde el interior), el efecto será varias veces mayor. Por eso, la tradición recomienda a las embarazadas rodearse de objetos y paisajes bellos y mantener esta influencia mediante una contemplación prolongada y frecuente de rostros hermosos. Para ayudar al niño a formarse armónico y bello, se recomienda a la embarazada elegir varios retratos de personas bien constituidas, con rostros hermosos, y colgarlos en su apartamento o casa en los lugares donde pasa más tiempo, para poder mirarlos constantemente. Además, se aconseja dedicar al menos una vez al día un momento de reposo en una silla o sofá, escuchando música antigua sublime, entregándose a la contemplación prolongada de rostros bellos en los retratos, observando atentamente y «recorriendo» con la mirada sus rasgos.

Para la contemplación, a la embarazada le convienen especialmente cuadros de gran formato con figuras humanas a cuerpo entero, donde se aprecien la belleza del rostro y del cuerpo. Pero si no se dispone de tales obras, sirve igualmente un retrato hasta la cintura. Lo más importante es la belleza y corrección de los rasgos del rostro representado. Al seleccionar retratos para este fin, es preferible orientarse por obras de K.P. Briúlov, Rafael o Leonardo da Vinci. El estilo realista combinado con el auténtico talento artístico de estos autores hace que sus retratos sean el objeto ideal para la contemplación de la embarazada. Además de la pintura, también es adecuada la escultura de la Antigua Grecia. Sería ideal que la embarazada pudiera contemplar originales, pero no hay inconveniente si utiliza reproducciones, siempre que sean de buena calidad gráfica y contenido apropiado. Se recomienda a la futura madre el contacto directo con valores artísticos, por lo que debe visitar museos y exposiciones.

Al elegir retratos para la contemplación, hay que recordar que no sirven fotografías ni retratos con imágenes borrosas, líneas imprecisas o reflejos. Tampoco son adecuadas estilizaciones, representaciones convencionales de rostros humanos ni retratos basados en la llamada «visión personal» del artista. Siguiendo estas recomendaciones, las embarazadas quizá no mejoren genéticamente los rasgos físicos de su hijo, pero al menos lo protegerán de todo aquello que pudiera perjudicarlo. El «milagro» podría producirse en caso de permanencia prolongada, e incluso constante, en el «campo de lo bello».

Tacto y sensaciones corporales del feto

La sensibilidad cutánea del feto aparece en el tercer mes de desarrollo intrauterino. Una prueba de ello es el cierre de los dedos en puño como respuesta a la estimulación de la palma de la mano. Las sensaciones táctiles y el tacto del feto están estrechamente vinculados a sus sensaciones corporales generales y a la percepción del espacio. En las primeras etapas del embarazo (hasta las semanas 16–20), cuando el feto flota libremente en el líquido amniótico y apenas toca las paredes uterinas, puede experimentar una «sensación de flotación en el espacio» y una unidad con el volumen «ilimitado» que lo rodea. Poco a poco, a medida que crece, el útero se le hace cada vez más estrecho. Al chocar contra sus paredes, comienza a comprender que existen límites, pero no percibe este cambio como una reducción del espacio circundante, sino como una señal sobre la forma de su propio cuerpo.

Aproximadamente a partir de las semanas 33–34, el feto, ya considerablemente crecido, ocupa todo el espacio intrauterino. El líquido amniótico ya no le permite moverse libremente, sino que actúa únicamente como «lubricante». Está en contacto con toda la superficie uterina, envuelto literalmente en sus tejidos. Por eso adopta una postura característica, determinada por la forma del útero: enrollado como una bola, con el mentón firmemente apoyado en el pecho, los bracitos cruzados sobre el tórax y las piernas flexionadas y dobladas hacia el abdomen. Sin embargo, esta posición forzada y la limitación de movimientos no constituyen una incomodidad para el feto. Por el contrario, en los últimos meses del embarazo desarrolla el hábito del espacio reducido y de la postura forzada, en la que su cuerpo se aproxima a la forma esférica.

Gracias al tacto y las sensaciones táctiles, el feto adquiere la noción de que su cuerpo tiene forma esférica, idéntica a la del útero. Así, al final del embarazo, el feto intrauterino ha acumulado una experiencia según la cual su cuerpo tiene forma de esfera, o más exactamente, de ovoide (es decir, un cuerpo de forma ovalada), sin brazos ni piernas.

Gusto y olfato

A partir del séptimo mes de desarrollo intrauterino, el feto es capaz de distinguir sabores y algunos olores. Para ilustrar estas capacidades, recurrimos a las conferencias de André Bertin: «El gusto ya está bien desarrollado; el feto incluso muestra preferencia por uno u otro sabor. Diariamente ingiere cierta cantidad de líquido amniótico. La adición de azúcar a este líquido, mediante inyección de su solución, hace que el feto “trague” con avidez el doble de la porción habitual. En cambio, al utilizar una solución amarga, la cantidad de líquido ingerida por el feto es mínima. Más aún, se logró obtener una imagen del feto con una mueca de desagrado (!), consecuencia directa de sensaciones gustativas negativas. El líquido amniótico se ve afectado por todo lo que la madre come y bebe. Esto favorece que el feto se acostumbre al sabor de los alimentos que consumirá tras el nacimiento y que son típicos de la región donde viven sus padres».

Así, existen mecanismos que permiten al feto familiarizarse con la cocina familiar mucho antes de nacer. Cabe señalar que, posteriormente, será precisamente esta cocina la que prefiera sobre todas las demás. Por tanto, la alimentación de la embarazada debe corresponder a sus características nacionales y al lugar geográfico donde reside. Teniendo en cuenta estos principios, la embarazada podrá presentar a su futuro hijo las cualidades gustativas de diversos alimentos y las particularidades de la cocina nacional.

sábado, 2 de mayo de 2026

Características psicológicas de la embarazada

Características psicológicas de la embarazada

En la mujer embarazada surge un estado psicológico especial de concentración en su mundo interior y en el futuro bebé, el cual se refleja significativamente en su bienestar y en el estado del feto. Este estado de concentración materna alcanza su punto máximo durante el parto y luego continúa durante todo el período de lactancia.

Durante el embarazo, en la mujer cambian las sensaciones, los sentimientos y los estados de ánimo. Le parece que el mundo a su alrededor ha cambiado debido a las transformaciones que ocurren dentro de ella misma. El cambio en el estado psíquico de la mujer en un embarazo normal surge bajo la influencia de las modificaciones que tienen lugar en sus sistemas nervioso y endocrino, los cuales regulan el embarazo.

Primera mitad del embarazo

En los primeros meses del embarazo, los cambios más notables ocurren en la percepción sensorial de la mujer. Prácticamente toda embarazada (90%) refiere una percepción alterada de olores y sabores, lo cual puede observarse muy temprano, ya desde la segunda semana de gestación. Además, en las embarazadas puede observarse una percepción modificada de sonidos, colores, imágenes visuales, así como cambios en las sensaciones táctiles. Un fenómeno común en el embarazo es la aparición de diversos antojos alimenticios, que pueden ser extremadamente intensos. Fenómenos conocidos del embarazo son la inestabilidad emocional, la sentimentalidad, la tendencia al llanto, la somnolencia y el embotamiento mental. Entre los fenómenos psíquicos menos conocidos en la primera mitad del embarazo se encuentran: el cambio en la actitud hacia la profesión u ocupación laboral, la aparición de aficiones e intereses inusuales (por ejemplo, tejer, bordar, dibujar, tocar música, etc.), la aparición de sueños e imaginaciones poco habituales, así como cambios en la relación con las personas circundantes y con su propio cuerpo.

Durante las primeras 20 semanas de embarazo, las mujeres se caracterizan por su vulnerabilidad. Les surge una sensibilidad extraordinaria y tendencia al llanto, una susceptibilidad y caprichosidad elevadas, acompañadas de una enorme necesidad de trato amable y atención. Además, las embarazadas suelen mostrar una mayor sugestionabilidad y rara vez se muestran completamente cerradas e indiferentes ante cualquier tipo de advertencia. En la impulsividad emocional de las mujeres durante el embarazo se manifiesta la activación de mecanismos inconscientes que regulan este proceso. Tal movilidad de la esfera psicoemocional de la embarazada responde a la necesidad de adoptar un comportamiento más sensible frente al mundo exterior, lo cual, en cierto modo, garantiza la seguridad del futuro bebé. Examinemos con mayor detalle algunos fenómenos del embarazo.

Olfato

Durante los primeros cinco meses del embarazo, la mujer puede presentar una reacción inadecuada a los olores, tanto fuertes como débiles. Los olores leves pueden percibirse muchas veces con mayor intensidad que antes del embarazo. En ocasiones, un olor que para los demás resulta imperceptible provoca en la embarazada la sensación de que no le permite respirar. Tanto los olores fuertes como los débiles pueden causar malestar agudo, náuseas, dolor de cabeza y deterioro general del bienestar.

Sensaciones gustativas

Junto con la alteración en la percepción de los olores, en las embarazadas suele surgir un cambio en las sensaciones gustativas. Comienzan a percibir las cualidades gustativas de los alimentos de forma distinta a la habitual. Cambia la percepción de sabores específicos; por ejemplo, el sabor del jengibre, en lugar de generar simpatía, empieza a provocar emociones negativas o se vuelve indiferente. Lo dulce, lo salado, lo amargo y lo ácido, por regla general, se perciben igual que siempre, pero puede variar su intensidad, ya sea aumentando o disminuyendo. Por ejemplo, algo muy salado puede parecer ligeramente salado, mientras que algo ligeramente ácido puede provocar una sensación de acidez bucal.

Antojos alimenticios

El cambio en las sensaciones gustativas durante el embarazo está estrechamente vinculado con la modificación de las necesidades alimentarias de la mujer. En las embarazadas surgen con bastante frecuencia antojos alimenticios extraordinariamente intensos. Negar la satisfacción de tales deseos puede convertirse en causa de malestar, provocar náuseas, vómitos e incluso originar fiebre. Sin embargo, todos estos síntomas desaparecen por completo tan pronto como se satisface el antojo. Durante el embarazo, se observan deseos aumentados de consumir alimentos ácidos, muy salados o dulces. También surgen ganas de ingerir productos exóticos, como almidón o tiza.

Los antojos intensos de la embarazada no son fantasías, sino una señal importante del organismo sobre la carencia de ciertas sustancias necesarias para el desarrollo normal del embarazo y la formación del feto.

Sensaciones auditivas

Con bastante frecuencia, en las embarazadas surge una reacción exacerbada a los sonidos. Se perciben especialmente con agudeza los ruidos fuertes, los sonidos estridentes y los ritmos monótonos y definidos. En casos particulares, la mujer puede reaccionar a ellos de manera muy dolorosa, hasta el punto de experimentar náuseas, vómitos y mareos. Es posible que dicha reacción esté relacionada con el efecto innegablemente perjudicial que los ruidos y sonidos fuertes ejercen sobre el feto.

Además de la reacción general exacerbada a los sonidos, en algunas embarazadas se observa una respuesta selectiva a determinadas melodías o composiciones musicales, voces o idiomas (inglés, francés, etc.). Por ejemplo, cierta melodía se vuelve especialmente querida, mientras que la entonación del habla inglesa provoca emociones negativas.

Percepción de los colores

No es raro que las embarazadas muestren una exigencia excepcional respecto a la gama cromática. Por lo general, la mujer destaca uno o dos colores que le generan una simpatía o antipatía exagerada. Ante una antipatía marcada hacia algún color específico, la embarazada puede experimentar malestar, náuseas acompañadas de arcadas, irritación evidente y el deseo de salir corriendo del lugar donde se encuentra dicho color. Con mayor frecuencia, la aversión surge hacia los colores cálidos, saturados y brillantes: rojo, amarillo, naranja, rosa. También provocan antipatía el azul sucio, el verde sucio, el negro y el marrón. Mucho menos frecuentemente se manifiesta aversión hacia los colores fríos: verde, celeste, azul, violeta. Habitualmente, los tonos neutros para las embarazadas son los beige, crema, blanco y otros tonos pastel.

Además de la irritación, las embarazadas, por el contrario, pueden manifestar una simpatía extraordinaria hacia algún color. Por ejemplo, una mujer puede empezar repentinamente a mostrar interés por el color limón. Esta inclinación puede expresarse en contemplar largamente objetos de ese color, en el deseo de usar ropa de ese tono, en pegar papel tapiz de ese color, etc. Este fenómeno puede ser consecuencia del impacto objetivo del color sobre el organismo humano y, en este caso, sobre la embarazada. La exposición a grandes superficies pintadas en colores cálidos y brillantes provoca un aumento de la presión arterial, aceleración del ritmo cardíaco y de la respiración, y, por tanto, modifica el bienestar de la embarazada, ya sea mejorándolo o empeorándolo según su estado inicial.

Sensaciones táctiles

Con bastante frecuencia, durante el embarazo, las mujeres experimentan cambios en la sensibilidad táctil. Esto se manifiesta en que se vuelven más críticas respecto a los contactos físicos. Por ejemplo, el tacto de algún objeto puede provocar sensaciones agradables o, por el contrario, sensaciones claramente desagradables. Estos cambios son muy evidentes en la relación de la embarazada con la ropa: destaca prendas favoritas que usa casi constantemente y otras que rechaza por completo.

Actitud hacia la actividad

Durante el embarazo, en las mujeres suele surgir con frecuencia un cambio en la actitud hacia actividades u ocupaciones que no constituyen entretenimiento. Esto incluye cocinar, labores manuales, trabajo en la parcela de verano, actividad profesional, etc. Puede aparecer en la embarazada una aversión total hacia ciertos tipos de actividad que antes realizaba con gusto y sin esfuerzo. En ocasiones, el rechazo a alguna tarea puede provocar náuseas intensas y arcadas. Por el contrario, ciertas actividades pueden generar en la embarazada una sensación de satisfacción, dedicando largas horas a su ocupación preferida.

Segunda mitad del embarazo

Después de la semana 20 de gestación, el estado general de la mujer mejora. Muchas de las sensaciones surgidas en la primera mitad del embarazo —como los cambios en la percepción visual, del gusto, los antojos intensos, las reacciones a sonidos, olores, colores y el contacto con otras personas— se atenúan o desaparecen. A diferencia del período anterior, en la mujer puede aumentar considerablemente el potencial creativo, lo que genera una necesidad de actividad, y puede surgir una hipersensibilidad hacia el futuro bebé. Esta capacidad de hipersensibilidad se manifiesta en las embarazadas a través de sueños, presentimientos y otras experiencias extraordinarias, así como en la sensación de contacto mental con el niño.

Examinemos con mayor detalle algunos fenómenos de la segunda mitad del embarazo.

Contacto mental con el bebé

En la segunda mitad del embarazo, muchas mujeres relatan que han establecido un contacto mental con el feto. Según opinan las mujeres, este contacto se expresa en la reacción del feto a su estado emocional y a los pensamientos dirigidos hacia él. Por ejemplo, algunas mujeres señalan que el bebé deja de moverse con fuerza cuando, en momentos de cansancio, le piden que se calme para poder descansar. Muchas embarazadas notan que el feto responde a las piezas musicales que escuchan, a los sonidos fuertes y al comportamiento del marido. Por ejemplo, si el esposo coloca las manos sobre el abdomen de la embarazada para escuchar los latidos del feto, sus movimientos suelen cesar. Este fenómeno se repite una y otra vez, y al marido nunca le resulta ser testigo de este acontecimiento tan maravilloso.

Además, muchas futuras madres consideran que mantienen un contacto mental constante con su bebé, difícil de describir. A veces se expresa en forma de diálogo o intercambio de pensamientos. Algunas mujeres afirman que el bebé responde a sus preguntas (en particular, comunica la fecha y la naturaleza del parto, dice si será niño o niña, etc.), y también predice acontecimientos e influye en ellos. Algunos padres creen que el bebé cumple sus peticiones.

Auge creativo

Con bastante frecuencia, en la segunda mitad del embarazo, en mujeres de profesiones creativas se observa un auge extraordinario. Contrariamente a las expectativas de su entorno, no abandonan su carrera como pintoras, músicas o escritoras, sino que crean sus mejores obras y alcanzan el punto culminante de su creatividad. A veces ocurre que, durante el embarazo, la mujer experimenta un impulso creativo extraordinario en una dirección en la que no es profesional, y resulta capaz de crear una auténtica obra de arte, por ejemplo, pintar o bordar un cuadro, componer una canción o escribir poesía.

Sueños

En la segunda mitad del embarazo, generalmente después de la semana 28, las mujeres suelen soñar con su parto o con su bebé ya nacido. Con frecuencia sueñan con conversar con él y con preocupaciones relacionadas. El sueño más habitual es aquel en el que la mujer ve su propio parto. Por regla general, el parto se presenta sin dolor y transcurre en circunstancias extrañas. Por ejemplo, parto en un carro, parto en el bosque, en una casa grande y llena de gente, etc. Bastante a menudo, en estos sueños, el propio embarazo se percibe desde una perspectiva nueva y extraordinaria. Por ejemplo, la mujer puede verse con el abdomen transparente, dentro del cual nada el bebé, y comunicarse con él a través de la pared abdominal. Además de los sueños descritos, las embarazadas suelen contar que tienen sueños que describen con exactitud los acontecimientos del día siguiente o de varios días después. Por lo general, tales sueños no tienen un carácter emocional intenso, sino que son perfectamente cotidianos y tranquilos.

Sensación de ya visto

En la segunda mitad del embarazo, en algunas mujeres aparece la sensación de déjà vu (ya visto). Se manifiesta en la impresión de que cierto acontecimiento ya ocurrió en algún momento, de que un entorno, objeto, edificio, calle, ciudad o rostro completamente desconocidos les resultan ya familiares. Esta sensación también puede expresarse en que a la embarazada le empiezan a parecerle propios lugares a los que llega por primera vez. Incluso puede surgir la impresión de un «recuerdo» vago de eventos vividos allí. A veces la mujer intenta recordar algo con mayor claridad, pero, por regla general, esos recuerdos resultan inalcanzables. 



sábado, 14 de marzo de 2026

Problemas de la lactancia materna: formas de pezones, falta de leche, peso bajo, deficiencia de lactasa, ictericia, rechaza de pecho

Problemas de la lactancia materna

Forma inadecuada de los pezones

Pezones planos o invertidos

Los pezones planos o invertidos no constituyen un obstáculo para la lactancia materna, pero requieren mayor atención por parte de la madre en el momento de colocar al niño al pecho. Al principio, el bebé pierde con mucha facilidad el pecho con este tipo de pezón. Por ello, durante una misma toma puede soltar el pecho muy frecuentemente y tener que volver a agarrarlo. La madre debe armarse de paciencia y ayudar al bebé a adaptarse a mamar precisamente de ese pecho. Si la mujer no se angustia, enseña con paciencia al niño a agarrar correctamente el pecho y le permite succionar tanto tiempo como desee, logrará el éxito, ya que la succión prolongada en posición correcta estira el pezón y le da una forma más adecuada.

Pezones demasiado grandes o demasiado largos

Los pezones excesivamente grandes o largos también provocan dificultades al agarrar al niño al pecho, pues en este caso el bebé tiene más posibilidades de tomar mal el pecho. Sin embargo, la persistencia y la paciencia de la madre siempre son recompensadas al final. Incluso un bebé muy pequeño es capaz de succionar correctamente un pezón muy grande si se le coloca en posición adecuada.

En caso de esta forma de pezones, la mujer debe abstenerse de usar cualquier tipo de sacaleches, ya que su uso podría agrandar aún más un pezón ya de por sí grande o largo. A las mujeres con pezones grandes o largos solo se les recomienda el ordeño manual.

Falta de leche

«¡No me alcanza la leche!» es la queja más frecuente de las madres primerizas. En la mayoría de los casos, esta conclusión es resultado de la inseguridad en sus propias capacidades o una justificación para pasar rápidamente a la alimentación con biberón. Por lo general, las causas de tales quejas y sospechas de insuficiencia de leche son:

  • el niño se pone al pecho con mucha frecuencia;
  • las tomas son prolongadas;
  • el pecho está blando.

Todas estas preocupaciones son infundadas. Las madres que presentan estas quejas suelen tener suficiente e incluso abundante leche, pero les falta confianza en su capacidad para amamantar. En primer lugar, la mujer debe saber que las tomas frecuentes y prolongadas en los primeros meses de vida del niño son normales. En segundo lugar, existen pruebas simples y fiables para verificar si el niño recibe suficiente leche.

Prueba de los pañales mojados

Es importante saber con qué frecuencia moja los pañales el niño. Debe orinar seis veces o más al día, y la orina debe ser incolora o de color amarillo pálido. Si el niño está exclusivamente al pecho y orina al menos seis veces al día, recibe suficiente leche materna. Si, durante sus períodos de vigilia, orina cada 10–15 minutos, se puede concluir que sus necesidades de leche están plenamente satisfechas.

Si realmente hay insuficiencia de leche, existen numerosos medios para aumentar su producción.

Niño prematuro o de peso bajo

Casi todos los niños de bajo peso pueden alimentarse con leche materna. La leche de las mujeres que dan a luz de forma prematura difiere en composición de la leche de las mujeres que paren a término. La leche «prematuro» tiene mayor valor calórico que la leche madura habitual. Contiene más proteínas, mientras que el porcentaje de grasas es menor, lo cual se adapta óptimamente a la digestión en niños prematuros.

Los recién nacidos que han alcanzado las 34 semanas de desarrollo intrauterino ya saben succionar y tragar. Pueden alimentarse por sí mismos tras alcanzar los 1800 g de peso. Los niños de bajo peso duermen mucho y no tienen fuerzas suficientes para mamar con la frecuencia y duración necesarias, por lo que requieren suplementación. Es muy importante que a estos bebés débiles no se les dé el biberón, sino que se les administre la leche complementaria con taza, cuchara o pipeta. Mientras el bebé no comience a estimular el pecho con succión frecuente, la madre debe ordeñarse 8–10 veces al día y complementar al niño con la leche extraída tras cada toma, cuando el bebé se canse de succionar. Las madres de niños prematuros o de bajo peso necesitan un apoyo más activo de su entorno para continuar con la lactancia; por ello, recomendamos que estas madres comiencen lo antes posible a recibir apoyo de especialistas y consultas telefónicas de madres de grupos de apoyo a la lactancia, incluso durante su estancia en la clínica o maternidad.

Las cuestiones sobre la prescripción de medicamentos o agua como tratamiento deben resolverse únicamente con un pediatra competente, familiarizado con la fisiología de la lactancia y la biología de la alimentación materna. Por regla general, el médico de la consulta pediátrica no es ese especialista.

Ganancia insuficiente de peso o estancamiento en la ganancia de peso

La causa principal de la ganancia insuficiente o el estancamiento en la ganancia de peso en los primeros meses de vida es una lactancia mal organizada. Si, tras establecer una lactancia completa y observar micciones frecuentes, no aparece una dinámica positiva en la ganancia de peso, deben buscarse otras causas, siendo la principal un factor de malestar psicoemocional en el niño, que deberá eliminarse.

Deficiencia de lactasa

La deficiencia de lactasa —es decir, la insuficiencia de la enzima que descompone la lactosa, el azúcar de la leche materna— es consecuencia de una lactancia incorrectamente organizada, cuando el lactante no recibe suficiente leche tardía. Al recibir en exceso leche inicial y, por tanto, una cantidad elevada de lactosa, esta no se digiere completamente y aumenta su concentración en las heces del niño. En caso de deficiencia de lactasa, el bebé no necesita tratamiento, sino la correcta organización de la lactancia materna.

Niño con ictericia

La ictericia neonatal suele aparecer entre el segundo y tercer día de vida y desaparecer entre el décimo y el cuadragésimo quinto día. Por lo general, se debe a la inmadurez hepática del recién nacido. Solo requiere tratamiento si adquiere formas graves.

La ictericia neonatal no puede ser motivo para interrumpir la lactancia materna. Con frecuencia, su aparición se explica porque el niño recibe poca leche materna. Esto puede deberse a un inicio tardío de la lactancia (por ejemplo, si se comenzó a poner al pecho recién al segundo o tercer día tras el parto) o a una frecuencia y duración insuficientes de las tomas. La ictericia es más marcada en niños prematuros y debilitados debido a su inmadurez. Una buena prevención de la ictericia prolongada es el calostro; por ello, es fundamental iniciar la lactancia en la primera hora de vida.

Si al niño le alcanza la leche materna, los signos de ictericia desaparecen relativamente rápido. Pero si se le administra agua con glucosa, solo agua u otra sustancia, no solo no tendrá efecto positivo, sino que además puede interferir en la lactancia y agravar la ictericia. Además, al dar agua al recién nacido, los signos externos de ictericia pueden desaparecer rápidamente, pero la introducción de líquidos ajenos en su sistema digestivo puede dañar su hígado, ya que la velocidad de eliminación de bilirrubina es individual en cada bebé y acelerar este proceso es peligroso. En casos de ictericia, los recién nacidos pueden estar demasiado somnolientos y no quieren mamar con frecuencia ni activamente. En tal caso, el niño puede necesitar suplementación con leche materna. Por ello, la madre debe ordeñarse y administrarle la leche extraída con taza o cuchara cada 2–3 horas durante varios días.

Ictericia por leche materna

Tras una demora en el inicio de la lactancia o al reanudarla tras una interrupción, puede aparecer en el niño la llamada «ictericia por leche materna». Esta ictericia, por regla general, dura varias semanas y no representa riesgo para la salud del niño: se siente bien y gana peso adecuadamente. Ante la sospecha de ictericia por leche materna, es necesario realizar un análisis de sangre para medir la bilirrubina. Solo se requiere tratamiento si los niveles de bilirrubina son altos (más de 240 unidades); si son inferiores, no hay motivo de preocupación: disminuirán gradualmente en 3–10 semanas, manteniendo la lactancia materna exclusiva.

Frenillo lingual corto

El frenillo lingual corto en el recién nacido no es un obstáculo para la lactancia, ya que se estira durante la succión. Si el frenillo tiene poca elasticidad, el médico puede realizar una pequeña incisión. Normalmente, dos horas después de esta intervención, el niño ya puede succionar con facilidad.

El niño rechaza el pecho

Este problema suele estar relacionado con un cuidado inadecuado del niño. Incluso si el bebé presenta malestar, el médico no siempre distingue si su comportamiento es consecuencia de una enfermedad o de un mal cuidado. Ante cualquier rechazo del pecho, primero se necesita la consulta de un instructor de arte maternal (especialista en cuidado del recién nacido y lactante) y de un consultor de lactancia. Solo si, tras aplicar todas las recomendaciones de estos especialistas, el problema persiste, será necesario llamar al médico. La práctica demuestra que el 95 % de los problemas en los primeros meses de vida están relacionados con la calidad del cuidado, y solo el 5 % restante requiere intervención médica.

Lactancia en caso de enfermedad de la madre o el niño

Ya se mencionó anteriormente que, ante una infección materna, su organismo produce anticuerpos contra el agente causal de la enfermedad. El niño comienza a recibir estos anticuerpos desde el primer minuto de la infección materna, no cuando aparecen los síntomas clínicos. Por ello, o bien no enferma, o ya está infectado en el momento en que la enfermedad se manifiesta. Por consiguiente, en caso de enfermedad materna se recomienda mantener la lactancia. Interrumpirla priva al niño del único medicamento único y personalizado que puede recibir: la leche materna. Esta privación puede empeorar el estado tanto del niño sano como del enfermo. Los niños privados de la protección inmunológica que brinda la leche materna enferman con más frecuencia y se recuperan más lentamente que aquellos que no fueron separados del pecho.

No obstante, existen enfermedades tradicionalmente consideradas contraindicaciones para continuar la lactancia. En el Boletín de la OMS de 1989 se incluye una lista de enfermedades que no contraindican la lactancia materna. Para cada enfermedad se citan referencias bibliográficas e informes científicos detallados. Además, la lista incluye características fisiológicas de la madre, factores externos, así como características fisiológicas y enfermedades del niño que no impiden la lactancia. Presentamos dicha lista.

Características fisiológicas de la madre:

  • Insuficiencia de lactancia (1–2 % de los casos en la población; se puede alimentar de forma mixta);
  • Pechos invertidos;
  • Embarazo concurrente;
  • Nutrición insuficiente de la madre.

Enfermedades de la madre:

  • Mastitis (incluso durante tratamiento con antibióticos);
  • Absceso mamario (continuar lactancia del pecho sano);
  • Infecciones del tracto urinario (incluso con antibióticos);
  • Tuberculosis (posible con tratamiento materno y profilaxis farmacológica en el niño);
  • Todas las infecciones virales, incluyendo hepatitis B, herpes simple e incluso VIH (con salvedades);
  • Cáncer de mama.

Factores externos:

  • Prescripción de medicamentos (lista limitada);
  • Contaminación ambiental.

Características fisiológicas y enfermedades del niño:

  •  Prematurez;
  • Bajo peso al nacer;
  •  Niño de gemelos;
  • Ictericia por leche materna;
  • Enfermedad infecciosa;
  • Hemorragia neonatal;
  • Diarrea.

miércoles, 25 de febrero de 2026

Problemas de la lactancia materna: dolor, inflamación y otras lesiones de pezones, lactostasis, mastitis, absceso

 

Problemas de la lactancia materna

Dolor en los pezones

El dolor en los pezones es una queja bastante frecuente que surge en las madres al comienzo mismo de la lactancia. Esto se debe a que la piel del pecho necesita tiempo para adaptarse al proceso de amamantamiento. Por regla general, el dolor se siente en el momento en que el recién nacido toma el pezón y desaparece inmediatamente cuando el niño ya ha cogido el pecho y comienza a succionar activamente. Este fenómeno desaparece sin ningún tipo de tratamiento en el transcurso de una semana, y en raras ocasiones en dos semanas de lactancia. Lo único que hay que vigilar es la corrección de la posición del niño al pecho, lo cual incluye un agarre adecuado y una postura cómoda durante la alimentación.

Inflamación y lesiones en los pezones

La inflamación de los pezones suele ser consecuencia de una posición incorrecta del niño al pecho. En caso de inflamación, la mujer sigue sintiendo dolor incluso después de que el niño ha comenzado a succionar, y esta sensación dolorosa se intensifica durante la toma. Al agarrar mal el pecho, el niño succiona únicamente el pezón, lesionando la delicada piel en la base del mismo. La alimentación en posición correcta no solo permite evitar este problema, sino también corregirlo si ya ha comenzado la inflamación.

La inflamación de los pezones también puede surgir incluso con una posición correcta del niño al pecho si la madre lava los pezones con jabón demasiado a menudo o utiliza almohadillas impermeables. Para evitar molestias, es importante seguir las normas de cuidado del pecho:

• lavar el pecho sin jabón, como máximo una vez al día durante la ducha higiénica;

• dejar el pecho al aire tras finalizar la toma, para que se seque naturalmente;

• no utilizar almohadillas impermeables, ya que crean un «vendaje oclusivo».

Al seguir estas recomendaciones sencillas, la inflamación de los pezones desaparece en 1–3 días.

Ampolla y excoriación

A veces, al comienzo mismo de la inflamación, se forma una ampolla o una excoriación en el pezón. Si la zona inflamada del pezón cambia de color a blanco, se trata de una ampolla; si cambia a rojo oscuro, se trata de una excoriación. Tanto la ampolla como la excoriación son distintas formas de inflamación del pezón y se tratan con los mismos métodos.

En caso de inflamación del pezón, se recomienda tratar la zona lesionada con pomadas «Purélan», «Bepanthene» o «Solcoseryl»; también pueden usarse compresas con aceite vegetal para ablandar la piel en la zona afectada. Durante el tratamiento, no se limita la frecuencia ni la duración de las tomas, siempre que el niño succione en posición correcta. Si, a pesar del tratamiento aplicado, la inflamación no desaparece en 7 días o reaparece, puede sospecharse una infección fúngica (por lo general, candidiasis). Las recomendaciones para el tratamiento de la candidiasis deben ser prescritas por un médico. Habitualmente, se aplica el medicamento tanto en el pezón como en la boca del niño.

Grietas en el pezón

Las grietas en el pezón surgen en los siguientes casos:

• el niño succiona el pecho en posición incorrecta;

• la madre lava el pecho con jabón antes y después de cada toma;

• no se tomaron medidas adecuadas para tratar la inflamación del pezón.

La grieta provoca un dolor intenso durante la alimentación. De la grieta puede salir suero y, durante la toma, sangre. Esta lesión mamaria puede convertirse en «puerta de entrada» para infecciones, lo que podría provocar mastitis. Por ello, ante la aparición de una grieta en el pezón, se requiere tratamiento inmediato.

Para el tratamiento se aplican las mismas recomendaciones que en caso de inflamación del pezón. Para acelerar la cicatrización de la grieta, sirve cualquier pomada para heridas que no tenga olor fuerte. La pomada se aplica durante un período prolongado, suficiente para obtener un efecto seguro. Durante el tratamiento de la grieta, se debe suspender la lactancia del pecho afectado durante 12 horas. Durante este tiempo, el niño se alimenta exclusivamente del pecho sano, vigilando escrupulosamente la corrección del agarre, mientras que el pecho lesionado se ordeña al menos tres veces al día. La leche extraída se utiliza para complementar la alimentación si al niño no le basta con la leche del pecho sano. Tras la curación, es necesario vigilar el agarre correcto a ambas mamas y alternarlas sistemáticamente.

Ingurgitación mamaria

La ingurgitación mamaria suele aparecer al comienzo mismo de la lactancia, aproximadamente entre el día 4 y el 9. En este estado, el pecho aumenta considerablemente de tamaño, se vuelve doloroso y duro, y deja de fluir la leche. A veces, este fenómeno se acompaña de fiebre (superior a 38 °C). Se relaciona con la llegada activa de la leche.

Para superar este estado, es necesario restablecer el flujo de leche. Lo mejor es lograrlo mediante tomas frecuentes y succión prolongada por parte del niño. Pero a veces el niño no puede agarrar bien el pecho ni extraer leche porque la areola se vuelve muy dura. En tal caso, un ligero ordeño previo a la toma ayuda a ablandar la areola y permite al niño agarrar correctamente el pecho y extraer la leche. Si estas medidas no funcionan y el niño sigue sin poder agarrar el pecho, es necesario ordeñar manualmente hasta sentir alivio. Entonces, el bebé podrá tomar el pecho y aliviar el estado de la madre. Si el flujo de leche se organiza correctamente, la ingurgitación desaparece en 24 horas y la fiebre cede espontáneamente.

Para limitar la producción activa de leche, se recomienda a la madre lactante reducir el consumo de líquidos a 1–2 vasos diarios. Si la fiebre persiste más de dos días, es necesario llamar a una consultora de lactancia, quien examinará el pecho en busca de induraciones, ayudará a ordeñarlo correctamente, enseñará a la madre el agarre adecuado y realizará las indicaciones necesarias para superar la ingurgitación.

Lactostasis

Cuando uno de los conductos galactóforos pierde permeabilidad, se dificulta la salida de la leche, la cual se acumula formando una induración denominada lactostasis. La lactostasis consiste en una pequeña induración dolorosa a la palpación. A veces, su aparición se acompaña de enrojecimiento de la piel o fiebre (superior a 38,5 °C). Normalmente, durante los primeros días la induración no se manifiesta ni afecta al bienestar de la mujer.

La causa de la lactostasis puede ser un agarre incorrecto del niño al pecho, una postura incómoda durante la alimentación, tomas poco frecuentes o breves, o el uso de ropa ajustada. Según la experiencia práctica, en mujeres cuyos hijos maman con frecuencia y durante mucho tiempo, las induraciones aparecen muy raramente. No obstante, con relativa frecuencia ocurren casos en que la lactostasis surge sin causa aparente y, con succión activa del niño, desaparece en 1–2 días sin medidas especiales. Esto sucede especialmente a menudo durante la lactancia en el segundo año de vida del niño.

Para tratar la lactostasis, en primer lugar es necesario permitir al niño mamar libremente del pecho afectado. Para hacer el tratamiento más eficaz, antes de la toma conviene ordeñar al máximo el pecho afectado. Esto permite al niño extraer eficazmente la induración. Para facilitar el ordeño, se puede calentar previamente el pecho y masajear el segmento afectado. Tras el ordeño, se pone al niño al pecho afectado.

El tratamiento de la lactostasis es mejor realizarlo bajo la supervisión de una consultora de lactancia. La gravedad de la situación no depende del grado de fiebre o del dolor mamario, sino de la capacidad de la mujer para ordeñarse a pesar del dolor. Precisamente el dolor impide a la madre realizar un ordeño eficaz. Por ello, es preferible recurrir a la ayuda de una especialista, quien resolverá esta complicación en 30 minutos.

Mastitis y absceso mamario

Complicaciones más graves de la lactancia son la mastitis y el absceso mamario. Suelen aparecer en presencia de inflamación, excoriación o grieta en el pezón, o cuando la madre cambia su rutina (por ejemplo, al reincorporarse al trabajo), si está cansada o preocupada y, por tanto, no presta al niño la atención debida ni lo pone al pecho con la frecuencia necesaria. En casos de mastitis o absceso, la mujer debe recibir asistencia de una consultora especializada en lactancia.

Mastitis

La mastitis se produce cuando una infección penetra en el tejido mamario a través de grietas o excoriaciones en el pezón. En la mastitis, el estado general de la mujer empeora, sube la fiebre, y una parte del pecho se vuelve roja, caliente, hinchada y dolorosa al tacto.

El tratamiento de la mastitis debe iniciarse inmediatamente. Esto permite resolver rápidamente la situación y evitar complicaciones. El tratamiento es igual que en la lactostasis. A pesar del cambio en la leche, durante la mastitis se mantiene la lactancia, ya que el tratamiento solo será eficaz si el pecho se vacía regular y completamente —y nadie vacía mejor el pecho que el propio niño. La lactancia ilimitada ayuda a prevenir la mastitis.

Absceso

El absceso mamario suele ser consecuencia de una mastitis no tratada, complicada por infección. En el absceso, se forma una tumoración dolorosa, caliente y brillante en el pecho; al palparla, da la impresión de estar llena de líquido. El absceso también puede formarse sin mastitis previa. En ese caso, la mujer se siente algo mejor y su pecho está más blando.

El tratamiento del absceso consiste en ordeñar regularmente el pecho afectado y administrar un ciclo de antibióticos para eliminar la infección. Durante el absceso, el niño debe continuar alimentándose únicamente del pecho sano.

jueves, 29 de enero de 2026

Fisiología del parto

Fisiología del parto

El proceso mediante el cual el niño viene al mundo se denomina parto. El parto es un proceso psicofisiológico natural e inconsciente que surge por vía refleja y está regulado por los sistemas nervioso y endocrino. Los mecanismos que garantizan el inicio del parto son extremadamente complejos y en gran medida aún insuficientemente aclarados. Al final del embarazo, en el organismo de la mujer y del feto se acumulan numerosos cambios que, en conjunto, favorecen el comienzo del parto.

Preparación del organismo materno y fetal para el parto

Durante el embarazo, la madre y el hijo constituyen un simbiosis en la que todos los procesos están interrelacionados. Por ello, los cambios adaptativos relacionados con el parto ocurren tanto en el organismo de la madre como en el del feto. Para nacer, el feto debe superar un camino complejo a través de las vías del parto materno, y la madre debe ayudar a su hijo a nacer. Los organismos de la mujer y del feto se preparan para el parto durante la segunda mitad del embarazo, pero especialmente de forma intensa a partir de la semana 30–32. Todos los cambios adaptativos, tanto en la mujer como en el feto, ocurren de manera sincrónica y coordinada.

Cambios en el organismo de la embarazada

Al final del embarazo, la excitabilidad de la corteza cerebral disminuye notablemente, mientras que aumenta la excitabilidad del sistema subcortical, la médula espinal y los elementos nerviosos y musculares del útero (el útero es un órgano muscular). Como resultado, al estimularse mecánicamente el útero, este entra en tono, se tensa fuertemente y pueden producirse contracciones.

El aumento de la excitabilidad del sistema nervioso se ve favorecido por los cambios en el fondo hormonal del organismo femenino que ocurren al acercarse el parto. El equilibrio hormonal se modifica en favor de hormonas y sustancias biológicamente activas que estimulan la actividad contractil del útero. Su producción aumenta considerablemente hacia el final del embarazo. Entre estas hormonas se encuentran:

– los estrógenos, que elevan el tono uterino y su sensibilidad a sustancias que provocan actividad contractil;

– la oxitocina, las prostaglandinas y la pituitrina, que potencian la actividad contractil del útero.

Al mismo tiempo, la producción de hormonas que reducen la excitabilidad uterina disminuye significativamente. Entre ellas se encuentra la progesterona.

Así, en el momento del parto, la excitabilidad de la médula espinal y de las terminaciones nerviosas del útero alcanza un umbral determinado. Asimismo, los niveles de hormonas que estimulan la actividad contractil del útero (oxitocina, pituitrina, prostaglandinas y estrógenos) se aproximan mucho al límite máximo, y, con pequeñas fluctuaciones —acercándose o alejándose ligeramente—, se mantienen en ese nivel durante cierto tiempo antes del parto.

Además, en el organismo de la mujer se producen neurohormonas. Entre ellas, especialmente importantes son las endorfinas y los opioides (hormonas analgésicas con funciones similares a la morfina), que influyen en el comportamiento y el estado emocional de la mujer durante y después del parto. Todas estas hormonas participan en un complejo equilibrio hormonal durante el parto y garantizan su desarrollo favorable.

Órganos genitales

Se producen cambios notables en los órganos genitales de la mujer: útero, cuello uterino y vagina. Los tejidos blandos del cuello uterino y la vagina, así como la pelvis menor (fig. 13), se denominan colectivamente vías del parto femeninas (fig. 14).

Útero. La excitabilidad del útero aumenta considerablemente debido al incremento de la excitabilidad de sus elementos nerviosos y musculatura, así como al mayor nivel de hormonas que potencian su actividad contractil. En los últimos meses del embarazo, gracias al estrecho contacto del feto con las paredes uterinas y a la presión que ejerce sobre el segmento inferior del útero, se estimulan sus receptores, cuya sensibilidad aumenta notablemente (fig. 14). Esto provoca que el útero entre cada vez con mayor frecuencia en tono y aparezcan contracciones.

Cuello uterino. En las últimas semanas del embarazo comienza la «maduración» del cuello uterino: sus tejidos proliferan y se ablandan, volviéndose blandos y maleables; el canal se acorta. Aproximadamente 3–4 días antes del parto, los signos de «madurez» del cuello uterino están bien definidos. Se sitúa frente a la entrada de la vagina, se ablanda intensamente y se acorta. El canal cervical puede abrirse ligeramente: en primíparas puede admitir un dedo, y en multíparas, 2–3 dedos.

Con frecuencia, las glándulas del cuello uterino comienzan a producir una secreción mucosa: el llamado tapón mucoso, compuesto por secreciones rosadas, marrones claras u oscuras que llenan el cuello uterino. Esta mucosidad recibe el nombre de tapón porque, efectivamente, cierra el canal cervical como si fuera un corcho. La aparición del tapón mucoso es un indicador claro de la maduración del cuello uterino.

Tejidos de la vagina. Los tejidos vaginales, al prepararse para el paso del bebé por las vías del parto, proliferan intensamente debido a la división activa de las células. Las paredes vaginales se hinchan y se vuelven «acordeonadas», es decir, forman pliegues profundos. El clítoris también crece notablemente: se vuelve laxo y aumenta varias veces su tamaño. Aumenta la cantidad de secreciones que humedecen la vagina.

Estado anímico

Aproximadamente dos semanas antes del parto, la embarazada experimenta un cambio en su estado anímico. Incluso si durante el embarazo temía el parto e intentaba posponerlo de todas las formas posibles, al acercarse el momento lo espera con angustia diaria. «¿Cuándo voy a parir? ¡Por fin! ¿Cuándo empezarán estos partos?» —piensa constantemente. Este cambio de ánimo está vinculado a los procesos neuroendocrinos que ocurren en el organismo de la embarazada antes del parto. Otra causa importante son las molestias que la mujer comienza a experimentar al aproximarse el parto: sensación de pesadez, falta de aire, acidez estomacal, postura incómoda al dormir, etc. Estas molestias, acumulándose y acentuándose progresivamente, alcanzan su punto máximo unas 2–3 semanas antes del parto. Justamente en ese momento se produce el cambio en el estado anímico de la embarazada.

Preparación del feto para el nacimiento

Posición del feto en el útero

En un embarazo normal, el feto sano adopta en el útero una actitud fetal característica: el tronco del bebé está flexionado, la cabeza inclinada hacia el tórax, las piernas flexionadas y apretadas contra el abdomen, y los brazos cruzados sobre el pecho. Sus movimientos solo modifican ligeramente la posición de las extremidades, sin alterar la actitud general. Aproximadamente entre las semanas 30 y 32, el feto adopta la posición que servirá como punto de partida para salir por las vías del parto durante el parto. Además de la actitud fetal, al examinar a embarazadas y parturientas se determinan la posición y la presentación del feto.

Posición del feto: es la relación entre su eje longitudinal y el eje longitudinal del útero. Se distinguen las siguientes posiciones fetales:



– posición longitudinal (el cuerpo del feto se dispone a lo largo del útero);

– posición transversal (el cuerpo del feto se dispone en sentido transversal respecto al útero) (fig. 15);

– posición oblicua (el eje longitudinal del feto forma un ángulo agudo con el eje longitudinal del útero).

La posición longitudinal del feto es la normal y se observa en el 99,5% de los casos; las posiciones transversal y oblicua son patológicas y ocurren en el 0,5% de los casos.

Presentación fetal: es la relación entre la parte más voluminosa del feto (cabeza o nalga) y la entrada de la pelvis. Se denomina parte presentada aquella que se encuentra más próxima a la entrada de la pelvis menor y que atraviesa primero las vías del parto. Si sobre la entrada pélvica materna se encuentra la cabeza del feto, se trata de una presentación cefálica; si se encuentra el extremo pélvico, de una presentación podálica. A su vez, las presentaciones cefálicas y podálicas se subdividen en varios tipos que precisan características específicas de la posición fetal en el útero.

En la presentación cefálica, por regla general, la cabeza del feto se dirige hacia la entrada de las vías del parto con la nuca (presentación occipital), lo cual ocurre en el 95% de las presentaciones longitudinales. En el 5% restante, la cabeza puede estar orientada con la fontanela anterior (fig. 16a), la frente o la cara (fig. 16b).

En la presentación podálica, hacia la entrada de las vías del parto pueden dirigirse las nalgas del feto (presentación de nalgas, fig. 17a), las piernas (presentación de pies) o nalgas con piernas (presentación mixta, fig. 17b).



Conocer la disposición del feto en el útero es fundamental, ya que de ello depende en gran medida el curso del parto.

Plazos de formación de la posición fetal en el útero. Entre las semanas 30 y 32, la posición y la presentación pueden ser inestables y cambiar, aunque ya debe observarse una tendencia general. La posición del feto se establece entre las semanas 28 y 30 y, por regla general, no cambia después. A las 32 semanas se determina la presentación fetal. La presentación que el feto adopta a las 35 semanas se considera la presentación de parto, ya que normalmente ya no la modifica.

La disposición del feto en el útero está condicionada por mecanismos neuroendocrinos. Por lo general, si la embarazada ha tenido alteraciones en el funcionamiento del sistema endocrino, estrés intenso o tensiones emocionales prolongadas, el feto puede adoptar una posición patológica, una actitud anormal o una presentación no adecuada. 

Cabeza del feto

El cráneo humano está compuesto por varias placas óseas fusionadas entre sí. Los lugares de fusión se denominan suturas. En el feto intrauterino, las suturas entre los huesos del cráneo aún no están formadas y existen zonas blandas bastante grandes entre ellos: las fontanelas (fig. 17). En las últimas semanas del embarazo, el feto desarrolla dos fontanelas: la fontanela mayor o anterior (bregmática) y la fontanela menor o posterior (occipital). La unión blanda de los huesos craneales y la presencia de fontanelas permiten que estos se desplacen unos respecto a otros, facilitando así el paso de la cabeza del recién nacido por las vías del parto, un espacio bastante estrecho.

Preparación para el estrés del parto

En el décimo mes de desarrollo, las glándulas suprarrenales del feto crecen notablemente y se vuelven varias veces más grandes que los riñones, ya que durante el parto producirán hormonas (adrenalina, noradrenalina) que protegerán al organismo del bebé del estrés extremadamente intenso asociado al nacimiento.

Crecimiento del feto

Durante las últimas 1,5–2 meses del embarazo, el crecimiento fetal es especialmente intenso: el bebé acumula masa muscular. Esto se refleja claramente en el aumento significativo de peso de la embarazada. En este período, el crecimiento del feto ocurre más rápidamente que la acumulación de líquido amniótico, por lo que las partes del feto se adhieren más estrechamente a las paredes uterinas que en etapas tempranas del embarazo.

Descenso de la cabeza fetal

Al adoptar la posición de parto, el feto comienza a presionar gradualmente con mayor firmeza contra los huesos de la pelvis menor (fig. 18a). La parte presentada puede incluso penetrar en la entrada de la pelvis menor (fig. 18b). Al descender, el feto como si «estirara» el borde superior del cuello uterino, lo que, por un lado, aumenta el volumen del espacio que ocupa y, por otro, lo presiona con mayor firmeza hacia la salida.

¿Qué determina el inicio del parto?

Al final del embarazo, se crea un equilibrio muy inestable, listo para romperse en cualquier momento y dar paso a la actividad uterina. Por un lado, aumenta la excitabilidad del útero y los niveles de hormonas y sustancias que favorecen su actividad contractil; por otro, crece el número de estímulos mecánicos y químicos que potencian dicha excitabilidad (movimientos fetales, descenso de la cabeza, mayor producción de oxitocina, pituitrina y otras hormonas). Sin embargo, el parto comienza en un momento específico que no depende ni de los deseos de la mujer ni de los de quienes la rodean. ¿Cuál es entonces el factor decisivo que determina su inicio?

Ese factor es la madurez fisiológica y psicológica del feto para nacer.

Madurez fisiológica del feto

Se denomina madurez fisiológica del feto a la correspondencia entre el grado de madurez funcional de sus órganos y sistemas y su edad biológica. Para el momento del nacimiento, el feto fisiológicamente maduro debe estar adaptado para sobrevivir en las nuevas condiciones de existencia. Para ello, deben madurar funcionalmente: los pulmones (capacidad respiratoria), el tracto gastrointestinal (nutrición), el sistema excretor, el sistema nervioso (interacción con el entorno, reflejos innatos que garantizan la supervivencia) y otros órganos y sistemas.

Todas estas adaptaciones deben estar completamente formadas ya a las 38 semanas de gestación.

Preparación psicológica del feto para el parto

Investigaciones modernas han demostrado que el feto intrauterino no es indiferente a la hora de su nacimiento y que, en última instancia, el desarrollo de la actividad uterina depende de él. Cuando en el organismo materno ya se han creado todas las condiciones para un parto favorable, el feto completa activamente la maduración del tejido pulmonar. Esto se manifiesta en un intenso proceso de recubrimiento de todos los alvéolos con surfactante. Tan pronto como los pulmones del feto alcanzan la madurez total, este libera en el líquido amniótico una sustancia que estimula a los órganos genitales maternos a producir prostaglandinas, las cuales inducen la actividad uterina. Se supone que, simultáneamente, el feto emite un impulso electromagnético que alcanza el cerebro materno (centros subcorticales), actuando como señal para que la hipófisis produzca oxitocina, hormona que estimula las contracciones uterinas.

Así, el factor decisivo para el inicio de la actividad uterina son los impulsos químicos y electromagnéticos originados en el feto.

Fuerzas del parto

El parto ocurre gracias al enorme gasto energético del organismo materno, pero también requiere esfuerzos por parte del feto, quien participa activamente en su propio nacimiento. Las fuerzas expulsivas del parto incluyen:

– las contracciones periódicas de la musculatura uterina, llamadas contracciones;

– las contracciones rítmicas de los músculos abdominales que se suman a las contracciones, denominadas pujos;

– los esfuerzos del feto, que se intensifican al inicio de cada contracción y pujos y disminuyen entre ellos;

– la fuerza de gravedad terrestre.

Esfuerzos de la madre

Contracciones. La principal fuerza del parto son las contracciones de la musculatura uterina. Gracias a ellas se produce la dilatación del cuello uterino, permitiendo la salida del feto. Las contracciones también facilitan la expulsión del niño desde la cavidad uterina (expulsión) y contribuyen a la separación y expulsión de la placenta.

La mujer no puede controlar voluntariamente las contracciones, pero su estado psicológico influye fuertemente en el desarrollo del parto. Por ejemplo, la intensidad, eficacia y sensación de dolor durante las contracciones dependen del estado anímico. En mujeres preparadas, el dolor suele ser menos intenso. Con buena preparación psicológica, muchas mujeres experimentan prácticamente todo el período de contracciones sin dolor.

Las contracciones ocurren con cierta periodicidad; los intervalos entre ellas se denominan pausas. Al inicio del parto, las contracciones duran aproximadamente 20 segundos y las pausas entre ellas son de 20–25 minutos. A veces comienzan con intervalos más cortos: 15–10–5 minutos, y una duración de 30 segundos. Inicialmente, el ritmo no es muy marcado, pero progresivamente las contracciones se vuelven más rítmicas, su duración aumenta y las pausas se acortan. Así, la duración pasa de 20–30 a 40–50 segundos, y las pausas de 15–10 a 7–5–3 minutos. Al final del parto, las contracciones pueden durar 1–1,5 minutos y las pausas reducirse a 1–2 minutos.

Pujos. Tras la dilatación completa del cuello uterino, se suman a las contracciones los pujos: contracciones de los músculos abdominales y del diafragma. Surgen reflejamente por la presión de la parte presentada sobre los elementos nerviosos del cuello uterino y del suelo pélvico. Aunque también son involuntarios, la parturienta puede controlarlos en cierta medida: intensificarlos o frenarlos. Así, la expulsión del feto resulta de la acción simultánea de ambas fuerzas del parto.

Esfuerzos del feto

Durante el parto, el feto constituye otra fuerza activa. Si se observa atentamente el curso de las contracciones, se nota fácilmente que cada una comienza con un movimiento activo de la cabeza fetal. La mujer percibe claramente este movimiento, pues la cabeza está presionada contra la entrada de la pelvis menor o ya ha entrado en ella. Normalmente, unos segundos después de este movimiento activo de «enroscamiento», comienza la contracción. Además, durante cada contracción y pujos, el feto empuja con fuerza hacia la salida, realizando movimientos de gateo con las extremidades y enroscándose con la cabeza en las vías del parto. Da la impresión de que intenta abrirse camino —y así es en realidad. La velocidad del nacimiento depende de los esfuerzos del feto: los niños que hacen esfuerzos apenas perceptibles tardan más en nacer que aquellos que muestran gran actividad.

Acción de la gravedad

La gravedad es otra fuerza del parto. Actúa como auxiliar cuando su dirección coincide con la de las fuerzas expulsivas (aquí importa la orientación del vector de las fuerzas). Por ello, las posiciones más fisiológicas y racionales para el parto son aquellas en que el torso de la parturienta permanece vertical (de pie, en cuclillas, etc.). Las posturas más adecuadas son aquellas en que el abdomen de la mujer está hacia abajo (de pie o sentada con inclinación hacia adelante), y no hacia arriba (posición supina).

Mecanismos fisiológicos del parto

Duración del parto

Se considera la duración del parto desde el inicio de la dilatación cervical hasta el nacimiento completo del niño. Habitualmente, se cuenta desde el momento en que la mujer empieza a sentir contracciones rítmicas. La duración depende de muchos factores, principalmente de la intensidad de las fuerzas del parto: cuanto más intensas sean las contracciones y los pujos, menor será la duración. También influyen el tamaño del feto, su presentación, los esfuerzos fetales, las dimensiones pélvicas maternas, la elasticidad de sus tejidos, su capacidad de relajación muscular y otros factores.

Los primeros partos suelen durar más que los posteriores. En primíparas, el parto dura habitualmente 15–24 horas; en multíparas, 10–12 horas. La duración del primer parto también depende de la edad: si a los 23 años puede durar 18 horas, a los 30 puede prolongarse varias horas más, por ejemplo, hasta 24 horas.

Períodos del parto

Se distinguen tres períodos:

– período de dilatación o primer período: desde las primeras contracciones regulares hasta la dilatación completa del cuello uterino (orificio externo);

– período expulsivo o segundo período: desde la dilatación completa hasta el nacimiento total del niño;

– período placentario o tercer período: desde el nacimiento del niño hasta la expulsión de la placenta.

Período de dilatación

Para que el niño pueda salir del útero, es necesario que el cuello uterino se dilate y lo expulse. En el primer período del parto ocurre el progresivo borramiento y dilatación del cuello uterino, suficiente para permitir la salida del feto desde la cavidad uterina. Se denomina borramiento al acortamiento e incurvamiento gradual del cuello uterino (figs. 19–20). El cuello uterino tiene un orificio externo e interno. Durante el borramiento, su orificio interno se ensancha progresivamente, lo que provoca un notable acortamiento e incurvamiento del cuello. La dilatación del cuello uterino es su expansión gradual hasta un diámetro máximo de 10–12 cm. Examinemos con mayor detalle los mecanismos que garantizan la dilatación cervical.

Contracciones uterinas. Durante las contracciones de la musculatura uterina, sus fibras musculares se compactan, engrosando así las paredes del útero. Este engrosamiento aumenta de una contracción a la siguiente. Las contracciones comienzan en el fondo uterino, por lo que allí el engrosamiento de las paredes es máximo. El engrosamiento de los músculos del fondo y del segmento superior del útero provoca que la musculatura de su segmento inferior y del cuello uterino se estire hacia los lados y hacia arriba, lo que origina el estiramiento e incurvamiento del segmento inferior del útero, así como el borramiento
y la dilatación del cuello uterino (figs. 19–20).

Las contracciones uterinas provocan un aumento de la presión intrauterina. Durante cada contracción, la musculatura uterina presiona el contenido del huevo coriónico, principalmente el líquido amniótico.

Bolsa amniótica. Debido a la presión uniforme ejercida por el fondo y las paredes uterinas, el líquido amniótico se dirige hacia el orificio interno del canal cervical, donde no existe resistencia. Bajo esta presión, el polo inferior del huevo coriónico se desprende de las paredes uterinas e invade el orificio interno del canal cervical (fig. 20). La porción de membranas del polo inferior del huevo coriónico que penetra en el canal cervical junto con el líquido amniótico se denomina bolsa amniótica. Durante las contracciones, esta bolsa se tensa y, con cada contracción, se introduce más profundamente en el canal cervical. Actúa como una cuña hidráulica, produciendo desde el interior una dilatación suave del cuello uterino. El útero se desplaza hacia arriba y como si «resbalara» del huevo coriónico, empujándolo hacia abajo. A su vez, el huevo coriónico (líquido amniótico y parte presentada del feto) se dirige hacia abajo, hacia el segmento inferior de paredes delgadas y el cuello uterino, donde la resistencia es mínima.

Borramiento y dilatación cervical. Estos procesos se ven favorecidos por el desplazamiento del líquido amniótico hacia el canal cervical y la presión ejercida por la parte presentada del feto. La dilatación del orificio ocurre gradualmente: al principio permite pasar solo la punta de un dedo, luego un dedo, dos (3–4 cm), tres-cuatro (5–6 cm), etc. A medida que avanza la dilatación, los bordes del orificio se afinan progresivamente, adquiriendo al final la forma de una delgada franja estrecha. Este proceso es muy lento y dura aproximadamente 10 horas.

Al alcanzar una dilatación de unos 7 cm, los bordes cervicales están completamente afilados y la parte presentada del feto se adhiere firmemente a ellos. Este momento constituye un punto de inflexión en el curso del parto: a partir de aquí, la dilatación cervical avanza con mayor intensidad, y restan unas 2–3 horas para lograr la dilatación completa.

Se considera dilatación completa cuando el orificio cervical alcanza 10–12 cm, suficiente para permitir el paso de la cabeza y el cuerpo de un feto maduro.

Separación de las aguas. Bajo la acción de las contracciones y el peso fetal (en una posición corporal de la parturienta cercana a la vertical), la parte presentada del feto desciende gradualmente y se adhiere firmemente a la entrada de la pelvis menor, dividiendo así el líquido amniótico en aguas anteriores y aguas posteriores. Las aguas situadas por debajo de la parte presentada se denominan anteriores y constituyen la menor parte del líquido. Las aguas situadas por encima de la parte presentada se denominan posteriores y representan la mayor parte del volumen.

Rotura de membranas. Por efecto de las contracciones cada vez más intensas, la bolsa amniótica llena de aguas anteriores se tensa progresivamente, y al final del período de dilatación dicha tensión persiste incluso entre contracciones. En esta fase, la bolsa está lista para romperse.

En condiciones normales, la bolsa amniótica se rompe al final del primer período del parto, con dilatación completa o casi completa del orificio cervical, durante una contracción. En esta etapa, la parturienta experimenta contracciones fuertes y prolongadas, sobre cuyo fondo aparecen ganas de defecar debido a la presión del feto descendente sobre el recto. Esta rotura de membranas, que ocurre durante las contracciones con pujos y con cuello completamente o casi completamente dilatado, se denomina rotura oportuna. Tras la rotura, salen las aguas anteriores, mientras que las posteriores permanecen intactas. Estas últimas suelen expulsarse inmediatamente después del nacimiento del niño.

A veces, la bolsa amniótica se rompe con dilatación incompleta del orificio o incluso antes del inicio de las contracciones, con el cuello cerrado. Si la rotura ocurre con dilatación incompleta, se habla de rotura prematura de membranas. Si las aguas se pierden antes del inicio de la actividad uterina, se denomina rotura pretérmino.

Cuando las membranas son excesivamente resistentes, la bolsa se rompe tras la dilatación completa del orificio. En este caso, se habla de rotura tardía de la bolsa amniótica. En algunos casos, la bolsa persiste durante el período expulsivo y protruye por la abertura vaginal delante de la parte presentada del feto.

Color del líquido amniótico. El líquido amniótico puede ser transparente o de color rosado. A veces presenta tonalidades verde, marrón oscuro o negra, lo que indica sufrimiento fetal por hipoxia. Ante la falta de oxígeno, se activan mecanismos protectores que provocan la expulsión de meconio desde el intestino inferior fetal. Según la cantidad de meconio que ingresa al líquido amniótico, este se tiñe en distintos grados.

Secreciones. Durante el primer período del parto, en un curso normal, por los órganos genitales de la mujer solo se eliminan el tapón mucoso y líquido amniótico claro. La aparición de rastros de sangre puede indicar, por ejemplo, un desgarro cervical o un desprendimiento placentario.

Período expulsivo

El período expulsivo se acompaña de una gran tensión de todas las fuerzas de la parturienta, un aumento de la actividad del sistema cardiovascular y una mayor intensidad de los procesos metabólicos en su organismo.

Inicio del proceso expulsivo. Tras la dilatación completa del orificio cervical comienza la expulsión del feto desde la cavidad uterina. Después de la rotura de membranas, el intervalo entre contracciones puede alargarse ligeramente, debido al cambio en la presión intrauterina. La musculatura uterina necesita cierto tiempo para adaptarse a las nuevas condiciones. Como resultado, las paredes del útero se vuelven más gruesas, lo que incrementa la fuerza de las contracciones uterinas.

Ahora, la cabeza descendente del feto presiona con mayor intensidad sobre los plexos nerviosos del fondo uterino que lo hacía la bolsa amniótica. Por ello, la fuerza y duración de las contracciones expulsivas aumentan, y los intervalos entre ellas se acortan. En este momento, el útero se tensa mucho, y dicha tensión no desaparece por completo ni siquiera durante las pausas. Se crea la impresión de que las contracciones uterinas se han fundido en una única contracción continua e ininterrumpida.

Pujos. Al cabo de un tiempo, a las fuertes contracciones continuas se suman los pujos, que surgen reflejamente. Con la aparición de las contracciones de los músculos abdominales, la parturienta siente deseos de pujar, apoyarse firmemente con manos y pies y tensar los músculos del abdomen. Los intervalos entre pujos se alargan hasta 4–5 minutos, y la sensación de dolor cesa completamente durante las pausas. En ese momento, la intensa tensión de la mujer se sustituye por una relajación casi total. Durante las pausas entre pujos, la mujer puede incluso dormirse.

Bajo la acción simultánea de las contracciones expulsivas y los pujos, la parte presentada del feto atraviesa rápidamente la pelvis menor. Desde el momento en que la cabeza se aproxima a la salida de las vías del parto, comienza a abultarse el periné. Al principio esto ocurre solo durante los pujos, pero posteriormente también en las pausas entre ellos. A medida que avanza la cabeza, su presión aumenta, lo que en las etapas finales del parto provoca pujos irresistibles (es decir, los pujos se fusionan en uno continuo e ininterrumpido).

Nacimiento de la cabeza. Con el avance progresivo de la cabeza fetal, comienza a abrirse la abertura vaginal, de la cual asoma, durante el pujo, una pequeña porción de la cabeza del recién nacido. Tras finalizar el pujo, el movimiento progresivo del feto cesa, la cabeza desaparece y la abertura vaginal se cierra nuevamente. En el siguiente pujo, emerge una porción más amplia de la cabeza, pero durante la pausa esta vuelve a ocultarse. La aparición de la cabeza por la abertura vaginal se denomina encajamiento de la cabeza.

A medida que continúa la actividad expulsiva, la cabeza encajada sobresale cada vez más y ya no desaparece tras cesar el pujo. La abertura vaginal ya no se cierra, sino que permanece abierta. Cuando la cabeza ha avanzado tanto que ya no se oculta tras el pujo, se habla de **coronación** de la cabeza. Tras la coronación, nace primero la parte occipital de la cabeza y luego toda la cabeza (fig. 21).

Nacimiento del tronco y las piernas del niño. Tras el nacimiento de la cabeza, se produce una breve pausa en los pujos. Nuevamente cambia la presión intrauterina y la musculatura uterina se adapta a las nuevas condiciones. En el siguiente pujo tras el nacimiento de la cabeza, el tronco fetal gira, orientando los hombros paralelamente a la abertura vaginal. Al girar el tronco, la cabeza del feto se dirige hacia el muslo derecho o izquierdo de la madre. Tras el giro de la cabeza, nacen los hombros. Los hombros del bebé nacen mediante un movimiento de «rodadura», tras lo cual emerge todo el cinturón escapular. Una vez nacidos la cabeza y los hombros, el tronco y las piernas salen sin dificultad.

Primera inspiración. En el momento de su nacimiento, el niño realiza involuntariamente su primera inspiración, de la cual tomamos conocimiento gracias a su primera espiración: el llanto del recién nacido.

Secreciones. Durante el período expulsivo, en un parto normal, solo se eliminan mucosidad y una pequeña cantidad de líquido amniótico. La aparición de sangre puede indicar, por ejemplo, desgarros en los tejidos blandos de la vagina. Junto con el tronco y las piernas del niño, fluyen las aguas posteriores, turbias, que contienen partículas de la vernix caseosa fetal. A veces, estas aguas posteriores contienen sangre procedente de desgarros en tejidos blandos y meconio.

Deformación de la cabeza y tumor de parto. Durante los pujos, los huesos del cráneo del recién nacido se desplazan, lo que le permite atravesar más fácilmente las vías del parto. En partos normales, este desplazamiento es leve y no afecta la salud del niño. A las 24 horas del parto, los huesos craneales recuperan su posición original y la deformación desaparece.

Además de la deformación craneal, en el período expulsivo puede aparecer el **tumor de parto**. Se trata de una hinchazón, edema de los tejidos situados delante de la parte presentada. El tumor de parto se forma tras la rotura de membranas debido a la dificultad en el drenaje venoso de los tejidos fetales, provocada por el contacto estrecho entre la cabeza y los tejidos del canal del parto. En presentación podálica, el tumor se forma en las nalgas. En partos normales o con período expulsivo corto (vías del parto anchas, cabeza blanda), el tumor es muy pequeño o no aparece. En períodos expulsivos prolongados (pelvis estrecha, tejidos poco elásticos, etc.), alcanza gran tamaño y la piel en esa zona puede volverse rojo oscuro.

Cuando el paso de la cabeza por las vías del parto es difícil, puede formarse una cefalohematoma, causada por una hemorragia bajo el periostio del hueso parietal.

Período placentario

Tras el nacimiento del feto comienza el tercer período del parto: el período placentario, en el cual la placenta y las membranas fetales se separan de las paredes uterinas y el conjunto expulsado (denominado placenta o alumbramiento) sale de los órganos genitales de la parturienta. (Por "placenta" se entiende el conjunto de placenta, cordón umbilical y membranas fetales.) La principal condición que favorece la separación placentaria son las contracciones. En la expulsión de la placenta ya separada participa la prensa abdominal.

La separación de la placenta de las paredes uterinas va acompañada de la ruptura de los vasos utero-placentarios, lo que provoca el flujo de sangre hacia la cavidad uterina. Por ello, entre 10 y 20 minutos después del nacimiento del niño comienza a salir sangre por los órganos genitales. Tras la separación completa de la placenta, se produce la expulsión del alumbramiento desde la cavidad uterina. Tras la expulsión, el útero entra en un estado de contracción prolongada. A partir de ese momento concluyen los partos y comienza el período postparto.

Pérdida de sangre en el período placentario. Este período se caracteriza por la salida de sangre procedente de los vasos utero-placentarios, que se rompen durante la separación placentaria. En un curso normal, la pérdida sanguínea alcanza unos 300 ml, con un promedio de 250 ml, lo cual constituye la norma fisiológica y no afecta negativamente al organismo de la mujer.

Tras la expulsión del alumbramiento, y siempre que se inicie oportunamente la lactancia materna (durante la primera hora de vida del recién nacido), las fibras musculares uterinas, al contraerse activamente, comprimen los vasos uterinos en haces, deteniendo así la hemorragia.